Inspiración

Tu balcón dice si sos un acumulador

Por Evangelina Himitian 

Ahora que lo pienso, me encantan los balcones. Me di cuenta de esto el viernes pasado cuando iba en el colectivo, a eso de las 9 de la mañana y disfrutaba de haber conseguido un asiento en hora pico. Un chico que iba sentado en frente, empezó a reír y al mirar lo que él miraba descubrí a un hombre en calzoncillos, hablando a los gritos con su celular desde el balcón. Gesticulaba, gritaba, movía los brazos. Tan atrapado estaba en la discusión que libraba que ni se dio cuenta de cómo había salido, ni que nosotros y todos los demás lo estábamos viendo.

A partir de entonces, obvio, seguí el viaje mirando los balcones: tenders repletos de ropa, cajones con juguetes, plantas, ejércitos enteros de objetos que ya no se usan. “Uno puede reconocer la casa de un acumulador por cómo se ve su balcón”, suele decir la fotógrafa Paula Salischiker, que hizo una investigación sobre esta patología.

Hay algo poco natural en el hecho de habernos acostumbrarnos a ver las guirnaldas de bombachas y medias del balcón de enfrente.

Los balcones tienen esa justa dosis de intimidad y espacio exterior que los hace un ambiente único. Cuando uno está adentro del departamento siente que si cruza la ventana sigue estando adentro y que nadie puede verlo. Durante el tour de los balcones se puede trazar un perfil de los habitantes según el piso en el que viven. En los primeros pisos suele haber una mesita con sillas, plantas y mucho hollín. Las persianas están casi siempre bajas. Sus habitantes quieren usar el balcón pero la contaminación es más fuerte.

una chica en un balcón

Del tercer piso para arriba, la sensación de invisibilidad se incrementa. Y en consecuencia, la variedad ecléctica de la “decoración”. Allí todo es posible. Los pisos superiores en general son habitados por gente precavida: suelen estar cerrados con redes y es más frecuente que dejen las persianas levantadas, sin temor a ser espiados por los vecinos: son ellos los que espían.

Hay algo poco natural en el hecho de habernos acostumbrarnos a ver las guirnaldas de bombachas y medias que cuelgan del balcón de enfrente. ¿Cómo hacemos para dar el buenos días al día siguiente? Como sea. Con su fisonomía intimista y exteriorista, los balcones son una pieza única e imperdible del paisaje urbano. Hablan de quienes somos y cómo somos los que vivimos en esta ciudad.Cuando uno pasa por debajo o por enfrente, descubre que el balcón en realidad es el habitante más indiscreto del edificio. Desde el quinto piso vocifera las últimas novedades de la intimidad hogareña al mundo: que acabamos de lavar la ropa, (y que pilchita que nos pusimos este fin de semana), que no regamos las plantas ni por equivocación, que nos compramos una bicicleta y no tenemos dónde guardarla, que no nos dejan fumar adentro, que no tenemos aire acondicionado y la casa en un horno, que adentro no hay buena señal…

Y cuando por fin decidimos mudarnos de ese edificio, es el balcón el encargado de dar el anuncio al barrio: un cartel que cuelga de los barrotes anuncia que el departamento finalmente se va a vender. “¿Así que te mudás?”, nos pregunta una vecina. Sí ¿cómo te enteráste? ¿Por Facebook? “ No. Me lo dijo tu balcón”.

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