La calle de la felicidad

¿Existe la calle de la felicidad?

La felicidad no se asfalta ni se construye. Se transita.

Una chica con el brazo tatuado toma agua de la botella

 

Por Soledad Vallejos

¿Cómo construimos nuestra felicidad? No tenemos la respuesta. Somos apenas dos amigas, compañeras, madres argentinas que decidimos sacarle una radiografía a nuestra vida. Y ahora, después de pasar todo un año alejadas del consumo, miramos esa placa a contraluz y nos damos cuenta de algunas cosas que hemos hecho (¿mal?) en todos estos años, en nuestro intento, como todos, de asfaltar el camino hacia la felicidad.

Pero el problema de semejante obra, de pavimentar la vida de alegría es que, casi sin darnos cuenta, nos obliga a vivir en construcción la mayor parte de nuestro trayecto por esta tierra. Por eso, nuestro intento de correr hacia una vida feliz es tan frustrante como querer salir de un atascamiento de tránsito originado por el corte de una calle que están asfaltando. La buena noticia es que en “unos meses”, nos prometen, vamos a transitar súper rápido por allí. Pero ahora, en este preciso instante en el que estamos atascados en “el mientras tanto”, nuestra vida es un infierno.

Primera conclusión de nuestro año fue esta: la felicidad no se construye ni se asfalta. Al menos, no del modo en el que estamos acostumbrados a intentar hacerlo. Uno de los espejos en los que solemos ver reflejada la felicidad son las redes sociales. En los últimos años se volvieron una parte fundamental de nuestras vidas. Ni bien ni mal. Son. Están. Y nosotros, en buena medida, somos eso que se publica ahí. Somos nuestra mejor versión, una versión muy editada de nosotros mismos. En todo caso, la versión que más nos gusta y la que queremos que los demás vean de nosotros. Así como en ese chiste en el que una mujer reza: “Señor, si no podés hacer que yo adelgace, al menos que mis amigas engorden”.

Quiere decir que nuestra felicidad en base a las redes sociales se asfalta uno poco con la infelicidad ajena. No tanto la infelicidad en sí misma, sino el hecho de sentirnos un poquito más felices que el resto. Al menos, ese es al artilugio que las redes fomentan. La ilusión de sentirnos satisfechos con nuestra propia vida. Como decía el pensador francés Montesquieu: “Queremos ser más felices que los demás, y eso es dificilísimo, porque siempre los imaginamos mucho más felices de lo que en realidad son.”

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