El celular es mi vida

Alguien quiere robarte el celular

Nada se roba tanto en el país como los celulares. El estrés que viene después, no es sólo por el robo sino por la dependencia que se creó con el equipo

 

¿A quién no le ocurrió? Guillermo iba caminando por Belgrano, con la correa de su perra en una mano y el celular en la otra. Iba leyendo el diario en el celular, como Paris Hilton caminando por Nueva York. Fue un segundo. Eso que leía era tan interesante que él mismo se olvidó de esa recomendación que suele dar de no usar en teléfono en la calle. Un segundo de distracción alcanzó para que un motociclista que pasaba se lo sacara de la mano, así, limpio, sin golpearlo y sin darle la posibilidad ni siquiera de insultarlo. Un momento después, su celular se había ido.

Uno de los mayores efectos de la tecnología a un brazo de distancia, como es el celular, es que nos cambia la percepción de urgencia e importancia. ¿Quién no chequea mensajes cuando maneja?  En una encuentra reciente que hizo la Universidad Siglo XXI, el 52% reconoció que habla por teléfono y contesta mensajes mientras maneja. La conducta más imprudente se vuelve invisible a la luz de la supuesta urgencia que impone una necesidad digital.

Ninguna otra cosa se roba con más frecuencia en la Argentina que los celulares. Ni las casas, ni los autos, ni los televisores

Los dispositivos electrónicos se encuentran al tope de los objetos de deseo de nuestra generación y los celulares están en la cumbre. No sólo la compra de equipos. Ninguna otra cosa se roba con más frecuencia en la Argentina que los celulares. Ni las casas, ni los autos, ni los televisores. Cada hora que pasa, unas 300 personas perderán sus celulares a manos de un delincuente. Son unos 7000 teléfonos al día, según denuncia la Cámara de Agentes de Telecomunicaciones Móviles de Argentina.

Aunque sabemos que son “conductas imprudentes”, casi todos los usuarios lo hacemos. Andar mirando el celular en la calle, en el colectivo o en el auto. Simplemente, es que ese dispositivo que está a la mano, nos conecta con nuestro mundo. Y ni qué hablar con las horas de aburrimiento. Nadie se aburre cuando tiene un celular con Internet en la mano. Entonces, sacarlo en el tren de vuelta a casa, o en un atascamiento de tránsito, o mientras esperamos nuestro turno en la carnicería parece irresistible. Experimentamos la abstinencia forzada en los bancos, en donde siempre hay un larguísimo tiempo de espera y no se permite el uso de celulares. Lo mismo que en los aviones.

Cuando estamos en la calle, renunciamos a nuestros criterios de prudencia en pos de la utilidad y comodidad. Y entonces ocurren la mayoría de los robos.

“Después del robo, nos ponemos bipolares”

Entonces sobreviene el estrés por la pérdida del celular. ¿Alguna vez sentiste que tu teléfono estaba sonando y ni siquiera lo tenías encima? Eso se llama “vibración fantasma” y no es un síntoma de abstinencia o locura. Es una sensación física que experimentamos cuando nuestro cuerpo, que en su mayor parte el líquido, es atravesado por alguna honda electromagnética, como la que le llega al celular. Puede ser que no tengamos el celular encima ni siquiera cerca. Pero eso no impide que sintamos una vibración que llega a otro equipo o que simplemente pasa por nuestro cuerpo como un espectro. Hay otras sensaciones, no físicas sino psicológicas, que nos ocurren cuando no tenemos conectividad.

 

Hombre mira su serie en una tablet de noche

Se llama FOMO, por sus siglas en inglés. Significa “Fear Of Missing Out” y es el miedo a perderse de algo o a quedarse afuera. Les ocurre a muchas personas cuando están sin su celular. Porque desarrollamos una relación personal con el equipo. Es lo primero que salvaríamos en un incendio, según una encuesta. Porque sentimos que ese celular es un avatar de nosotros mismos.

Después del robo, nos ponemos bipolares. En un instante sentimos la liberación de la dependencia que genera la conexión 24×7 . Una sensación muy parecida al placer. Disfrutamos de saber que nadie va a interrumpir nuestros planes para ese día. Saber que las personas de nuestro círculo saben de nuestro estado de desconexión nos tranquiliza. Pero, de un momento a otro, pasamos del alivio de estar desconectados al estrés de sentir que nos estamos perdiendo de algo. A la desesperación de no saber cuántas cuentas hay que cerrar y dar de baja las claves.

Algunas de las personas que sufrieron el robo del celular nos contaron que se despertaban en la mitad de la noche porque habían recordado que tenían en el celular la aplicación del banco y que no sabían si la cuenta y la clave estaban seteadas para acceder directo. Se levantaban para chequear la cuenta en la banca online. ¿Tengo que dar de baja Spotify y Netflix, o simplemente cambiar las claves?, eran otras de las preocupaciones que aparecían post robo.

En la mayoría de los casos, los delincuentes que roban el teléfono sólo están interesados en el equipo y no en el contenido. El riesgo de ser atrapados si lo hacen es mayor. En cambio, el riesgo por robar un celular, resetearlo y venderlo en el mercado negro es prácticamente nulo.

El estrés post robo de celular lo sufrimos igual. Hay que dar de baja todas las claves, cerrar todas las cuentas. ¡Nuestra vida entera estaba en ese celular! Tardamos semanas en descubrir que no era la vida. En dimensionar que eso que perdimos era sólo un celular. Desafortunadamente, por lo general, eso ocurre cuando ya conseguimos otro equipo.

Entonces pasamos de largo, sin aprender la lección.

 

 

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