Paternidad

Pulsión animal

¿Alguna vez te escondiste de tu hijo? Un relato en primera persona de todo eso que hacemos los padres para lograr dormir de noche

Por Evangelina Himitian

 

Parezco un panda. Levanto los ojos mientras me lavo los dientes y eso es lo que veo. Un peluche grotesco que se acostó sin sacarse el rimmel. Sólo puedo pensar en dormir. Me siento en el inodoro y empiezo a buscar algo desmaquillante y entonces escucho ruidos que se acercan. Apago la luz y me quedo en silencio. Pero los sonidos son cada vez más convincentes. Ahora hay pasos sobre la pinotea que vienen en una carrera hueca hacia mí. No respiro. El corazón se acelera. Chilla la puerta y quien me busca, me encuentra. Y me habla de esa forma que me asusta. Como continuando una conversación que nunca empezamos. “Mami, pero yo no quería una azul”, dice Amanda, de dos años. Hace 20 minutos la dejé dormida. Estuve más de una hora en su cama. Le puse un ruido blanco y me quedé acurrucada con ella hasta que se entregó. Me levanté conteniendo la respiración. Caminé en puntas de pies para no despertar al ogro. Al ogro que vive en mí y que brama cuando ese instante mágico se quiebra. Y se quebró.

Cuarenta minutos atrás. La turbina de un avión nos mete en un cono de silencio. Las palabras de Amanda se vuelven lejanas. Con una mano explora mi cuello en busca de un lunar. Lo encuentra, lo aprieta y se ríe. Cierra los ojos. Está por ocurrir. Tengo tantas ganas de que suceda que mi respiración se acelera y arruina el momento. Ella respira a mi ritmo y sale del estado de relajación. Busco otro sonido blanco en mi celular. Nadie sabe muy bien cómo funciona esta técnica. ¿Por qué un ruido intenso y constante como el motor del aire acondicionado, la rompiente del mar o un secador de pelo hace que la mente se relaje y uno caiga dormido? Leí que algunos pediatras lo desaconsejan. Otros, la mayoría, no sabe qué es. Truenos, lluvia, viento: la tormenta perfecta. Esa es la que elijo yo. La busco y ahora el cielo cruje en mi celular. Allí vamos otra vez las dos, a paso firme por la antesala del sueño.

niña duerme en una cama
El instante en que se duerme es mágico. Pero se quiebra fácil si en tu huida pisás a Mickey Mouse

 

 

Cuarenta minutos después. Esa soy yo en el baño, escondiéndome de mi hija. Con máscara de panda. Me quedo en silencio a ver si ocurre un milagro. Haría lo que fuera con tal de no tener que repetir el ritual. Ir a mi cama. Eso es lo que ella quiere.

Hace unas noches, se durmió arriba mío, en el sillón, escuchando una playlist de música para dormir. Sin levantarme, googleé “efectos del ruido blanco”. Y me apareció un artículo sobre el experimento ruso del sueño. Cinco prisioneros de un campo de concentración a los que les prometieron la libertad si lograban mantenerse despiertos todo un mes. Los metieron en una habitación sin camas y les suministraban una baja concentración de gas que no los mataba ni los dejaba dormir. Después ocurrieron fenómenos paranormales. Un reality macabro en los años de Stalin. No hubo ganador. En la publicación había fotos horribles. El relato era aterrador y poco creíble, pero me dejó la piel galvanizada. No hablaba de sonido blanco. ¿O sí? Lo leí a oscuras, con una canción de cuna todavía sonando de fondo. Casi me estalla el corazón cuando la perra pegó un saltó y subió al sillón. Amanda ni se inmutó. Respiró profundo y siguió durmiendo. Igual, decidí llevarla a mi cama. ¿Por qué?”, me preguntó mi marido. “No se duerme más”, mentí.

Truenos, lluvia, viento: la tormenta perfecta. Esa es la que elijo yo. La busco y ahora el cielo cruje en mi celular. Allí vamos otra vez las dos, a paso firme por la antesala del sueño

Hay noches que disfruto dormir con mi hija. Cuando su cuerpo tibio se acopla como un cachorro dócil. Otras veces, su presencia es un fastidio. Y siento que en mitad de la noche un tigre me da un zarpazo y me roba la almohada. ¿Por qué será que la cama de los padres tiene esa mística de viaje al origen? Las mejores siestas de mi vida las dormí atravesada en la cama de mis papás.

 

Piedra libre mamá

Tengo una técnica para huir de la cama de mi hija. Rolo y me dejo caer al piso. Después me arrastro cuerpo a tierra hasta la puerta. Hace unos días vi un video de una madre captada por la cámara nocturna de su babycall. Con los ojos blancos, repta sobre su espalda hacia la salida, para evitar despertar al bebe. Pobre mujer. El marido la vio y subió el video a internet. ¡Qué solidario!

 

Madre escapando de su hijo dormido, captada por la cámara nocturna de su baby call

 

Hace cuatro años, una tormenta perfecta, (una real, no de las que pongo en mi celular), me puso de la vereda de los padres a favor del colecho. Olivia, tenía tres años y después de un buen rato se había quedado dormida en su cuarto, en la planta baja. Nosotros dormíamos escaleras arriba, ajenos a la gran inundación que se cocinaba en toda la ciudad. Sin tocar timbre ni avisar, el agua invadió nuestra casa. Me acuerdo de que abrí los ojos y escuché que el teléfono sonaba. La perra ladraba. Insistieron y al final, Gastón atendió. No era nadie. Habían cortado. Boca arriba, sin entender qué pasaba, escuchamos burbujas en el piso de abajo. ¿Burbujas? Gastón bajó y a mitad de la escalera se encontró con una pileta que inundaba el living. Pegó un grito y corrió a buscar a Olivia.

“¡No está!”, gritaba. En un río de barro flotaban la cama, la ropa y los juguetes, pero ella había desaparecido. En la penumbra, intentó revolver el fondo de ese caudal inmundo. Olivia no estaba. Volvió al living, a punto de desmayarse. Entonces la vio, sentada en la escalera, al borde del agua, mirándolo, sin comprender. En mitad de la noche se había mudado a nuestra cama. Gastón no se había dado cuenta. Y yo, que sabía que estaba arriba, no lograba entender la desesperación.

A veces pienso que hay algo animal en ese impulso de los chicos de mudarse a la cama de los padres. Pero hay noches en las que desearía pensar distinto. Ya lo sé. Dentro de poco, mi hija va a dormir toda la noche y no me voy a acordar de los rituales nocturnos. Pero ahora, en este preciso momento, Amanda está conmigo en el baño y me habla de que ella quería una azul. “¡¿De qué hablaaaas?!, debería contestarle.

Pero no. La alzo y la llevo a mi cama. Como decía Galeano, somos la suma de nuestras contradicciones.

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