Criando acumuladores

“¡Má, comprame!” Cuando el hijo es un buen alumno de sus padres

Cada vez dura menos la pasión de los chicos por ese juguete de moda. Los padres protestamos por ese amor tan efímero pero, dicen los especialistas, nosotros hacemos lo mismo con nuestros objetos de deseo
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Alexas fotos

Por Soledad Vallejos

Cuando las clases comienzan, junto con el inicio del año escolar también arranca otro fenómeno. El reencuentro con los amigos de la escuela siempre viene con yapa. Si durante el verano uno logró ponerle un freno al piquete en la puerta del kiosco o la juguetería, marzo llega para derribar cualquier pequeño triunfo en el terreno del insistente y tenaz consumo infantil. Con el arranque de las clases, los nuevos objetos de deseo vienen camuflados entre cuadernos y cartucheras, y basta con que un compañerito desenfunde su nuevo chiche de la mochila para que el efecto dominó arrase con todo el trabajo hecho en las vacaciones. Ahora llega el descanso de invierno. Pero el efecto detox de mitad de año suele pasar desapercibido.

“Mamá, comprame, porfis…” Uno lo tiene y los pedidos se desatan en cadena. Primero fueron los bey blade. ¿Te suena? Un trompito con lanzador que viene en varios modelos y colores, con y sin luces, como para que el niño jamás se de por satisfecho. Había que buscar algún tutorial que explicara cómo armar el dichoso trompo, y listo. El problema, siempre hay uno, era que el lanzador se rompía en el lanzamiento número tres. Y sin lanzador no hay bey blade que gire. “¿Mami, me comprás?”

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Después fue el turno del slime, un miki moko moderno que se podía hacer en casa. ¿Enserio? Casi peor que ir al kiosco y gastar plata, porque para fabricar esa masa elástica y pegajosa también había que salir en búsqueda de los materiales necesarios, y luego andar corriendo detrás de la criatura con un trapito para limpiar todo. “Somos parte de una sociedad consumista, y uno entra en ese juego para que sus hijos no queden afuera”, reconoce Dolores Flores Piran. Y agrega: “Habría que tener la valentía de poder decir que no, pero somos padres culposos que trabajamos todo el día. Además, las modas pasan cada vez más rápido y son muy caras. Ya ni sé cuánta plata gasté en jabón y plasticola para hacer ese famoso slime”.

El slime, que también tenía sus tutoriales en YouTube, fue el último capricho anterior al spinner, el último objeto de deseo infantil. El spinner, ya casi pasado de moda, es un dispositivo con un mecanismo giratorio que está integrado por un centro estable y tres paletas que giran a gran velocidad. Para los adultos, la razón de su éxito es una incógnita. Pero todos lo quieren, y en los colegios es una sensación. Fue diseñado hace más de 20 años para ayudar a chicos con déficit de atención. Pero los padres lo ven como la “nueva moda” y saben, como ya pasó con otros juguetes, que la fascinación será efímera.

 

 

Pasan algunas semanas, a lo sumo un mes, y la fama del objeto tan deseado se desvanece ante un nuevo capricho. Y así pasan los meses. “El hermano de mi socia comenzó a hacerlos con su impresora 3D y fue un furor. No le daban las máquinas para todos los pedidos que le hacían los chicos, pero aún no entiendo muy bien para qué sirve. Cuatro rulemanes con un plástico de color que gira y gira”, dice sorprendida Fiorella Chirkes, que ya recibió el pedido por parte de sus dos hijas.

El spinner, los beyblade o las cartas metálicas de Pokémon no son una moda, son una manifestación de ansiedad y de satisfacción inmediata ante reiterados pedidos de nuestros hijos

 

Para Lucila Ricci, madre de Benjamín, de siete años, “el spinner, los beyblade o las cartas metálicas de Pokémon no son una moda, son una manifestación de ansiedad y de satisfacción inmediata ante reiterados pedidos de nuestros hijos. Reflejan la forma en la que nos relacionamos con ellos. Creo que en lugar de pensar en el reclamo constante de nuestros hijos, los padres deberíamos revisar nuestra actitud. Tomarnos el tiempo y explicarles lo innecesario de la compra compulsiva y vacía. Pero lo que sucede es que muchas veces, agotados y, sin hacernos cargo, decimos que sí”.

 

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Alexas Foto

 

La falta de tolerancia al aburrimiento, la necesidad de pertenecer a un grupo, la satisfacción inmediata y la rapidez con la que un nuevo juguete da la vuelta al mundo son signos de una infancia en la que el consumo instantáneo y la diversión también dependen de la difusión que imponen las redes sociales. Los expertos, dicen, alientan  la decisión de un padre de poder mantenerse firme frente a una postura que cree conveniente para su hijo, aunque la marea vaya para otro lado. Pero no siempre funciona, y aunque intentemos decir que no, decimos que sí.

Para la psicoanalista Paula Martino, especialista en niños y adolescentes, hay una tendencia de los padres y, en consecuencia de los chicos, a no tolerar lo que les falta, lo que no se puede tener. “Pero más allá de los recursos económicos, es recomendable que un chico tenga estos puntos de incompletud. Como una actitud para adoptar ante la vida”, indica.

El modelo actual, señala la especialista, promueve y exige un “todos iguales”, lo que implica la obsesión por el consumo desenfrenado de objetos que lanza de manera constante el mercado. “Ilusoriamente se proponen como garantes de la felicidad. Ya desde la infancia, el «tener» ya sea un teléfono celular a los 12 años o el último juguete de moda, les asegura en su imaginación la pertenencia al grupo de «los que tienen», por oposición al de los que no llegan a esta condición.”

Pero la oferta de estos objetos de recreación fugaz tiene su lado positivo, según la mirada de algunos adultos. Ellos dicen que ayuda a los chicos a “despegarse” un rato de los dispositivos tecnológicos. Así lo cree Luciana Arcapalo, que incentiva su uso frente a la tablet o la PlayStation. “Que pidan y pidan es agotador, estamos de acuerdo. Pero prueban otras cosas, y a mí me dan la chance de participar y jugar con ellos. Son modas y pasan rápido, pero es la velocidad que impone el ritmo actual. Nosotros como adultos, muchas veces hacemos lo mismo”.

 

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