El celular es mi vida

Ocho cosas que hay en tu habitación y que no tenían tus padres

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Por Evangelina Himitian

 

“Te propongo un juego. Que cierres los ojos por un instante e intentes visualizar qué cosas hay en tu cuarto que no había en la habitación de tus padres, tres décadas atrás”. Hace unos días, lanzamos este desafío en las redes sociales para hacer una nota colaborativa, es decir con la participación de todos y la respuesta nos sorprendió. No sólo por la cantidad, sino por la calidad de las respuestas.

Pasando en limpio algunas de las conclusiones, podemos decir que en las últimas décadas la habitación principal de la casa ganó en metros y en muchos casos, sumó placares, cuarto de vestir y baño. Sin embargo, para ser justos debemos decir que la tecnología fue la gran invitada y que en muchos casos, terminó convirtiéndose en la mayor enemiga de los momentos de encuentro.

Entró el celular.  Muchos de nuestros seguidores en las redes sociales indicaron el celular, como la primera gran diferencia. Nuestros padres, en muchos casos, ni siquiera tenían teléfono en la habitación. Y pensamos que el celular no es sólo un teléfono sino la puerta de entrada al mundo digital, virtual, comunicativo y de entretenimiento. Si el único cambio hubiera sido la llegada de ese aparato a los cuartos, las cosas puertas adentro ya no hubieran sido las mismas. En la mayoría de los casos, el celular desplazó de la mesa de luz al despertador. Existen parejas que para evitar dormirse cada uno en su mundo, decidieron alejar el celular del alcance de la mano. “La cama se usa para dos cosas y ninguna de ellas involucra al celular”, suele decir Joshua Fields Millburn, uno de los Minimalistas.

Un ejército de cargadores. Pero el celular no vino sólo. Trajo consigo una prolífica colección de cargadores, que guardamos por la única razón de que ya no sabemos a qué aparato corresponden, aunque sean de un startak. Los dispositivos obsoletos en algún momento de nuestra vida se van. Los cargadores se quedan, por las dudas, para siempre.

Los controles remotos. Mientras que algunos de nuestros seguidores señalaron que fue su generación la que trajo el televisor al cuarto de la pareja, existe una cierta polémica al respecto. Lo cierto es que hoy son pocos los que no tienen una TV frente a la cama y más allá de que muchas sean inteligentes (las teles, no las camas), el gran cambio viene dado por la llegada del control remoto. La generación de los padres, difícilmente tenía uno. Para cambiar de canal había que levantarse de la cama y girar una perilla. Las opciones de programación eran limitadas, por eso la cantidad de horas que una pareja pasaba frente a la tele era mucho menor. Pero hoy no hay un solo control remoto. Está el control del aire, el del home, que también se sumó al cuarto, el del deco, y así siguiendo.

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Las almohadas individuales y camas extragrandes. Este sí que fue un gran cambio. Estimo que ya no deben existir más esas almohadas chorizo de un metro cuarenta. Y la gran pregunta que se hace nuestra generación es cómo hacían nuestros padres para dormir así. Eran más rígidas, más finitas y definitivamente no se las podía abrazar. Ni cambiar de posición. ¿Una ventaja? Obligaba a la pareja a mantener ciclos similares de sueño. O al menos, el mismo ritmo. Otra, hacer la cama implicaba un paso menos. Además, tampoco habían llegado las almohadas dobles, esas que se usan para leer o ver tele ni el ejército de almohadones que hoy habitan las camas, que por cierto, son mucho más grandes: ganaron entre diez y sesenta centímetros. Por eso las habitaciones parecen más chicas.

El composé se fue para siempre. Las cosas y las modas duraban más. Era frecuente que las parejas en los 80 eligieran un acolchado engamado con las cortinas, o con las alfombras y con el empapelado. Hoy, según mencionan nuestros seguidores, hasta el empapelado es un objeto en extinción. Se usan líneas más sencillas para muebles. Ya casi nadie tiene el famoso “juego de dormitorio”. En cambio, en muchos casos, la cama de madera haciendo juego con las mesitas de luz y la cómoda fue reemplazada por el sommier. Y eso significó que en muchos casos ni siquiera haya una cómoda y que los muebles no pertenezcan casi nunca a un mismo linaje

Más ropa. Por alguna razón, nuestra generación no encuentra la manera de guardar dentro de esos enormes placares de pared a pared, todas sus prendas y la batalla del orden se convierte en una razón de enfrentamiento entre los miembros de la pareja. Casi todos recuerdan que el cuarto de sus padres era más ordenado que el suyo. La ecuación es sencilla: aunque tenían roperos más chicos, encontraban un lugar para cada cosa porque tenían mucha menos ropa que nosotros. Para darse una idea, en las últimas dos décadas los argentinos pasamos de comprar 9 prendas al año a casi 20. ¿Dónde #*@?/(# +%$# se supone que la guardemos?

Más cosas. Si bien la tecnología fue la gran invitada de nuestra generación al cuarto matrimonial, no sólo nuestros padres eran analógicos: también tenían menos cosas. Entre la lista que enunciaron nuestro colaboradores para esta nota, sumamos cosas como una bicicleta para hacer ejercicio, un cañón para proyectar películas, parlantes, computadora, tablet, DVD, Chrome Cast, difusor aromático, máscara para ver videos 360, biblioteca, cinta para caminar, cafetera, palos de golf, el tablero de la alarma de la casa, pesas. Y en el pequeño espacio que queda entre el sommier y el suelo, se suelen guardar todo tipo de objetos que en general, jamás se usan por su incomodidad de acceso. “Recién me doy cuenta de que tengo el doble de cosas… ¿y para qué?”, escribió Elena, una de las personas que contestó a nuestra convocatoria.

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Terceros en la cama. Nuestra generación le flanqueó el acceso a la cama matrimonial a los terceros. Desde hijos que duermen en colecho, hasta tortugas que sueñan a pocos centímetros de la cama, o perros y gatos que se adueñan del centro mullido del colchón. Ya no estamos solos. Y hasta las plantas, que durante la generación de nuestros padres tenían la entrada prohibida a los cuartos porque quitaban el oxígeno de noche, hoy comparten la habitación con nosotros.

En síntesis, los cambios fueron muchos. Unos, más vinculados a la moda y al estilo de nuestra generación. Otros, aquellos que prometieron darnos más comodidad o confort, como las camas más grandes y el aire acondicionado. Están los que llegaron tímidamente y después se adueñaron de la mayor parte de la cama, como los hijos y como el celular. Hoy, el celular es lo último que miramos  antes de irnos a dormir y lo primero que tocamos en la mañana. Cuando les preguntamos si en las habitaciones hoy había más o menos amor, las respuestas fueron variadas. Seguramente, cada historia ofrece una respuesta distinta. Muchos dijeron que hoy había más sinceridad, más honestidad para blanquear al resto de la familia y de la sociedad cómo eran los vínculos que se tejían puertas adentro. Otros dieron que, como consecuencia de todos estos cambios, había menos momentos de encuentro entre la pareja. Y no hablaban sólo de sexo. Camas más grandes, conversación e interacción con otras personas al alcance de la mano, estando bajo las frazadas, infinitas posibilidades de entretenimiento… son muchas más las noches en las que las parejas se duermen sin decirse buenas noches, sin hacer cucharita y sin ni siquiera registrar que en la otra mitad de la cama, recostada sobre su almohada individual, hay otra persona, soñando otro sueño.

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