Inspiración

Una lección de Breaking Bad que puede ayudarte con el regalo del Día del Padre

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Por Evangelina Himitian

En la primera temporada de la exitosa serie norteamericana, Breaking Bad, el protagonista, Walter White y Skyler, su esposa van en camino al cumpleaños del ex socio de Walt, Elliot, compañero de la universidad, el hombre con quien hizo negocios en su juventud pero de quién se separó años después. Le vendió su parte de la firma por unos 500 dólares y poco después, la empresa aseguró una patente y se convirtió en una compañía que valía millones. Elliot se convirtió en magnate y Walter, con similar trayectoria y formación, trabaja durante la primera temporada de la serie como docente de química en una escuela secundaria y apenas le alcanza para cubrir sus gastos. Se siente un fracasado. Tiene un hijo discapacitado, una hija en camino, se acaba de enterar que tiene cáncer y no tiene seguro médico ni ahorros con los que pagar el tratamiento.

No importa. En una especie de paréntesis a todo eso, Walter y su mujer van camino al cumpleaños de 50 de Elliot, a quien van a volver a ver después de muchos años. Skyler secretamente tiene planeado pedirle ayuda para pagar el tratamiento de cáncer. Walter no lo sabe. Mientras viajan en la camioneta, se ve el regalo que le lleva a su amigo, un pequeño paquete, envuelto en papel metalizado apoyado contra el parabrisas. “Es un obsequio estúpido”, dice Walter, todavía con pelo. “No lo es. Le encantará”, retruca Skyler. “No sé en qué estaba pensando. La invitación decía sin obsequios”, insiste Walt.

Si queremos hacer feliz a esa persona, intentemos que el regalo valga más que su precio de mercado.

Cuando finalmente llegan a la fiesta, se encuentran con que ese –el del no regalo– no era el único código que habían roto. Todos estaban vestidos en colores claros, “creo que no recibimos el mail del color beige”, se lamenta Skyler, para intentar disculpar ese azul eléctrico de su vestido de raso, que contrasta con dress code de la fiesta. Una razón más para sentir que no pertenecen a ese universo. “Parece que me hubiera puesto mi vestido de graduación de 1985”, se lamenta ella. No podría estar más incómoda. Entonces Walt divisa una colorida fuente en mitad del parque, con globos y carteles donde los invitados han dejado sus enormes presentes para Elliot.

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“¡Oh, por Dios! La invitación decía sin regalos”, se lamenta Walt e intenta esconder su paquetito, pero antes una moza le ofrece llevarlo con los demás regalos y se lo saca. Estaba perdido.

Las cosas iban de mal en peor. Poco después, se reencontró con algunos de sus compañeros de facultad. Todos lo recordaban como el genio de la cristalografía, le hacen preguntas sobre cómo siguió su brillante carrera profesional, y Walt alcanza a contestar que se orientó a la docencia. “¿Ah, si? ¿En qué universidad estás?”, le preguntó un ex compañero. Walter apenas pudo tragar su champagne para evitar contestar.

La escena siguiente no es menos incómoda. El tan temido momento de apertura de regalos. Elliot está en el centro, desenvuelve una guitarra y dice: “Guau, una Stratocaster”. Quien se la regaló agrega: “Sí, no es cualquier Stratocaster. Es la de Clapton”. Entonces el cumpleañeros lee, grabado en el borde de la guitarra: “Para Elliot, perdón por la marca de la hebilla. Eric Clapton”. Se ríe: “Guau, es realmente muy linda, muchas gracias”.

Un regalo es la oportunidad de demostrarle al otro que tenemos en nuestro poder una de las llaves que abren una de las puertas de su vida.

Skyler no lo puede creer: “¿Por qué hace esto? ¿Cree tener ocho años?”, dice. La situación se pone tensa. La esposa del cumpleañero le alcanza uno de los últimos regalos. Una caja grande, sobre la que sin ninguna intención, quedó apoyado el pequeño regalo de Walt. “¡Ah, es de Walt!”, dice Elliot.

Si pudiera hacer que la tierra lo trague en ese mismo instante, Walter White lo haría. “Está bien”, le susurra Skyler. Elliot lo señala y se sonríe. A continuación, abre el paquete. Walt no podría sentirse más avergonzado.  El cumpleañero parece shockeado. “Sopa de fideos”, dice, levantando la mirada. Los invitados se miran desconcertados. Esperando un remate. Elliot se ríe. Parece emocionado. “Esto es lo que Walter y yo comimos por diez meses seguidos, mientras trabajábamos en nuestra tesis”, explica ante el público. Los dos hombres se miran a los ojos. Por fin, Walter sonríe. “Los vendían pasando el área de ferretería. Justo pasando… ¿cómo se llamaba?”, dice Elliot. “Stern”, completa Walt. “Sí, eso es Stern”. Walt agrega: “Eran diez por 1,90 dólares”. Todos sonríen. “Hasta hoy sigo convencido de que estos fideos fueron responsables de nuestro éxito. Esto nos mantenía vivos”, dice el cumpleañero, que no podría estar más satisfecho con su regalo. “Amigo, ¿dónde los conseguiste? Pensé que los habían prohibido hace años…” Walt no sabe qué decir, hasta que Elliot remata: “me encantó. Gracias por esto”, dice mirándolo a los ojos. “Bien”, dice Walt. “Ya sabes… ¿qué le regalas a al hombre que lo tiene todo?”.

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No quedaba dudas. Walt había dado el batacazo. A pesar de sentirse sapo de otro pozo durante toda la fiesta, había conseguido darle a su ex socio el mejor regalo de su cumpleaños. Había gastado apenas 19 centavos de dólar.

Un regalo no es un monto, ni un objeto. Tal vez lo más lindo de recibir un regalo es ese camino que hizo la persona que nos lo dio. Ese tiempo que se tomó para elegirlo, las razones que tuvo, el amor que le puso, y cuánto en ese acto de elegir un regalo pensó en mí.

Después de todo, amar es elegir. Es hacerle sentir al otro que lo elegimos.

Un regalo es la oportunidad de demostrarle al otro que tenemos en nuestro poder una de las llaves que abren una de las puertas de su vida. Un regalo es  eso: una llave. Es la oportunidad –calendaria o no– de demostrarle al otro que tenemos uno de los códigos de acceso que abren una de las puertas de su vida.

Definitivamente, regalar es un arte. Si no tenemos tiempo, ingenio, o ganas, siempre se puede echar mano a un regalo estándar que a la mayoría de las personas más o menos le va a gustar. Igual sino, lo puede cambiar. Y listo. ¿Qué problema?

O sino, si ya no nos cierran los regalos impersonales, podemos elegir aprovechar esa obligación calendaria para demostrarle a esa persona cuánto y cómo la queremos. Claro que no hay nada de malo en comprar y hacer regalos de cosas nuevas. El punto, la clave es ésta: si queremos hacer feliz a esa persona, intentemos que el regalo valga más que su precio de mercado. Esto es, que el valor emocional de ese regalo sea superior a lo que pagamos para obtenerlo.

Es poner la vara alta. Lo sabemos. Pero vale la pena intentarlo.

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