Lo compro o no lo compro

Me volví la hermanastra de Cenicienta

Hay que tener mala suerte para comprar unas botas después de un año fuera del mercado y errarle al talle

Por Evangelina Himitian

No aprendí nada. Eso parece. O, al menos, debo admitir que, después de todo un año de abstinencia consumista, compré mal. Fue una de las primeras cosas que adquirí post Deseo Consumido. Terminada la experiencia, Sole y yo decidimos que desde ahora, compraríamos usado. Siempre, como primera opción. Así fue cómo, hace unas semanas fui a una feria de ropa. Estuve discreta. Tomé recaudos para que mi placard, que ahora es ultraliviano, que apenas tiene 84 prendas dentro, no creciera sin criterio. Fue así que de la feria salí con una blusa y unas botas. Divinas. Usadas. Casi nuevas. Pagué por ellas, un 10% de lo que hubiera pagado en una zapatería o una casa de ropa. Pero además, al comprar usado minimicé el impacto social y ambiental de la producción de esas prendas. Estaba feliz con mi compra. Las botas son realmente hermosas. Pero el problema es que compré mal, porque a pesar de ser mi número, me quedan chicas.

Me convertí en una de las hermanastras de Cenicienta, tratando de entrar en unas zapatillas de cristal que no eran para mí

Quise negarlo. Mejor dicho, me negué a reconocerlo. Al día siguiente de comprarlas, quise usarlas y me las puse para llevar a mi hija al colegio. No podía volver esas dos cuadras que había caminado. Y, a pocos pasos de mi casa sentí un crack sobre mi piel. Era el nacimiento de una ampolla.

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Cuento esto y lo que sigue porque en los días posteriores me convertí en una de las hermanastras de Cenicienta, tratando de entrar en unas zapatillas de cristal que no eran para mí. Llegué a casa, me saqué las botas y lo primero que hice fue googlear qué podía hacer para que unas botas de cuero que me ajustaban, me quedaran bien. E hice todo. El mejor consejo que surge de esto es: si lo viste YouTube y te pareció una idea genial, que cómo no se te había ocurrido antes, ¡no lo hagas! No funciona.

 

 

Lo primero que me sugirió Google fue agrandarlas con hielo. Sí, hielo. Lo segundo era darle calor con un secador de pelo y lo último, con alcohol. Hice todo, mientras tenía a mi marido cerca, que repetía: “admití que compraste mal”. Odio decirlo. Tenía razón.

Lo primero que hice fue googlear qué podía hacer para que unas botas de cuero que me ajustaban, me quedaran bien

Antes de aplicar las recetas caseras de internet, pregunté en zapaterías. Pero no se podía ponerlas en horma porque las botas, de caña alta, no tenían cierre. Entonces acudí a las fórmulas mágicas de la web.

La fórmula del calor decía que había que ponerse varias medias gruesas, superpuestas, meterse dentro de las botas y aplicarle calor con un secador de pelo. Unos 20 minutos después, el cuero no había cedido, pero en cambio, mis pies se habían hinchado y sentí que me moría. Le pedí a mi hija que tirara. Fue inútil. Tuvimos que buscar refuerzos para esta cinchada. Dos personas tiraron hasta que lograron liberar mis pies.

 

 

Lo siguiente fue el hielo. No iba a renunciar. Llené dos bolsas de agua en el interior de las botas y las metí en el freezer. La teoría decía que, como el hielo ocupa más volumen que el agua, la presión haría que el cuero se aflojara. Pero no funcionó así. El hielo creció hacia la caña de la bota y para poder sacar el bloque hubo que esperar a que se descongelara. Como las bolsas se habían roto, las botas, que tienen corderito adentro, terminaron empapadas. Pasaron varios días junto a la estufa hasta que se secaron.

No podía volver esas dos cuadras. Sentí un crack sobre mi piel. Era el nacimiento de una ampolla.

 

Finalmente, inventamos un sistema casero con un palo de escoba y la pistola de calor para que la rigidez de las botas cediera. Algo. Todavía me ajustan. Intento usarlas, de a ratos, para ver si les gano la batalla. Las uso en casa, me las pongo y me las saco para ver si aflojan. A esta altura, ya es una lucha cuerpo a cuerpo con las botas. Son ellas o yo. Me niego a admitir lo que a esta altura ya es un secreto a voces. Mejor dicho, dos: el primero, que si viste una idea genial en Facebook, no la hagas, nunca funciona. La segunda: esas botas no me quedan. Y no hay nada peor que querer entrar en un molde que no es para nosotros.

 

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