Inspiración La experiencia

El tropezón y la resiliencia

buble
Ph. Soledad Aznarez

 

Por Evangelina Himitian

Fue un desparramo. Porque no me caí. Me desparramé. O, mejor dicho, me despatarré. Venía caminando envalentonada, vestido a rayitas verdes, música en los oídos, un mediodía de estos. Hacía tanto calor que había que ponerle mucha onda para caminar las doce cuadras que hay entre Puente Saavedra y la avenida del Libertador. Y se la puse. Iba vestida fresca, llevaba mi botella de agua, música. Bien.

Una hora atrás, en mi casa, cuando iba de salida, dudé si ponerme esas plataformas o unas chatas. Las plataformas verdes que casi exclusivamente combino que ese vestido. Y dije, sí, me las pongo. Pero no fue una buena decisión.

La dificultad no fue para caminar. Las mujeres argentinas hemos desarrollado habilidades impensadas para hacer prácticamente todo, incluso caminar por la arena, con ladrillos atados a los pies. Pero, cuando estaba a mitad de camino, atravesé una zona de turbulencias. Una vereda rota que me desestabilizó. Intenté un movimiento, casi un pase de baile para no perder el equilibrio pero no lo conseguí. Y aterricé con un cero en glamour sobre la vereda.

Al oír el estruendo, una señora que avanzaba con su carrito de compras por esa silenciosa calle de Vicente López se dio vuelta y me preguntó lo obvio. ¿Estás bien? “Si, sí”, atiné a responder yo mientras trataba de levantarme. Mentira. No estaba bien. Me sangraba la rodilla, me dolía el tobillo y lo peor, mi plataforma se había despegado por completo. ¿Por qué le dije que estaba bien? Mentí, igual que cuando suena el teléfono a las 6 de la mañana, te preguntan si te despertaron y decís que no. (Eso, si el que llama no es un secuestrador virtual). Pero no estaba bien. Intenté recobrar el paso pero era técnicamente imposible. Estaba a mitad de camino  y tendría que arrastrar el pie o caminar descalza unas cinco o seis cuadras para llegar a alguna avenida e intentar conseguir una solución para mis pies.

La señora que me vio caer me ofreció su ayuda. Un ángel. Me dijo que ella vivía unas cuadras más adelante, que iría a buscar algún pegamento. Que yo fuera caminando despacito y que la alcanzara. Lo intenté. Juro que era imposible. Y la vereda quemaba y no podía caminar sin nada. Me senté unos segundos y pensé. Es el tercer par de sandalias que se me rompen en este mes. Suspiré. Desde que estoy en Deseo Consumido, me convenzo cada vez más de que somos una caja de herramientas completa. Que en nosotros está prácticamente todo lo que necesitamos para solucionar las situaciones que se nos presentan. Sólo que la mayoría de las veces usamos muy pocas herramientas. Las básicas. Y desaprovechamos el resto.

¿Qué había en mi cartera capaz de hacerme llegar hasta avenida del Libertador? Miré, revolví. Estaba segura de que el pegamento que me ofrecía la vecina no iba a durar tanto. Entonces vi las cintas de una bolsa de cartón que llevaba en la cartera con unos papeles y supe qué tenía que hacer. Saqué las tiras y até la plataforma. No era una solución definitiva, pero me permitió llegar a destino y pensar otra estrategia para esas plataformas maltrechas.

Aunque la busqué no volví a encontrar a la mujer que fue en mi auxilio. Quería agradecerle. Probablemente nos hayamos cruzado en algún momento. Pero seguí mi camino con la satisfacción de comprobar que los seres humanos, incluso en situaciones ínfimas y cotidianas, somos resilientes.

One comment

  1. Hola que tiene que ver este ejercicio, que lo encuentro valioso, con un librito que tiene más de 20 años que se llama “LIMITE A LOS DESEOS” de Phillis Kristal, una maestra espiritual en este ámbito?? Quien por muchos años realizó cursos con ejercicios y técnicas espirituales para tomar conciencia acerca de este patrón donde la mente y el pensamiento del ego es el principal accionador.

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