El celular es mi vida La experiencia

El experimento del marcador celeste

Por Evangelina Himitian

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Estoy haciendo un experimento. La prueba del marcador celeste. Es para ver cómo el celular copa mi atención. Necesito saberlo. Tengo la sospecha de que produce en mí momentos de rapto que no sé a dónde van a parar. Para comprobar si esto es así, decidí que hoy, a lo largo de este día, me voy a hacer una rayita en la cara con un marcador celeste cada vez que agarro el celular pensando en mandar un mail o en hacer algo concreto y termino navegando por las notificaciones sin rumbo, de modo tal que cuando dejo el teléfono, ya no sé si pasaron segundos, minutos u horas.

Empecé a las 10.30, mientras estaba en casa con mi hija más chica. A pesar de que trato de no hacerlo, que odio la imagen de los padres que están coptados por su celular mientras los hijos están esperando atención, debo admitir que muchas veces yo soy esa persona que odio.

Así estoy pasadas las 15 hs. Pasaron cuatro horas y media y tengo seis rayitas: más de una rayita por hora. Siempre hay un buen motivo, pienso. Acabo de enterarme de algo importante que tengo que hacer a la tarde. La ciudad parece ser un caos, me digo. No importa. Más de una vez por hora sufro el rapto de las notificaciones.

Dejo el celular. Lejos. Lo guardo en la cartera. Sigo con mi vida. Lo miro de reojo. Salgo de casa. Resisto la tentación de mirarlo mientras manejo. Pero lo dejo cerca, a la vista. Hace casi dos años di el GST: el Gran Salto Tecnológico. Pasé de tener una vieja y querida blackberry a un celular de nueva generación. Al principio quedé deslumbrada. La cámara, la rapidez, el procesador. Hasta caí en el lugar común de decir que ganaba tiempo porque hacía todo desde ahí. Por varios meses, hasta casi que dejé de usar computadoras. Mails, redes, internet, banco, amigos… todo estaba allí al alcance de mi mano. Todo era más rápido. O eso creí al principio.

Poco tiempo después, descubrí una sensación antes inexplorada. La de haber perdido el dominio sobre mi tiempo frente al celular. Encontrarme con la tiranía de las notificaciones me deja fuera de conciencia por unos segundos/minutos/horas.

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A las 21.30, descubrí que el paseo por Whatsapp, Facebook, Twitter, Instagram me había dejado once marcas en la cara en once horas. Me estoy esforzando por controlarlo. Pero el flequillo de costado casi que ya no tapa las rayitas y la gente a mi al rederor me empieza a preguntar qué me pasó en la cara.

Pasadas las 23, ya cenamos y estoy a punto de irme a dormir. Como consecuencia de las pecas y las rayitas, mi cara parece uno de esos dibujos de números para completar. Enchufo el celular al cargador y lo apoyo en la mesita. Antes, tengo el último rapto de notificaciones y navegación libre. No sé cuánto pasó pero en casa ya todos duermen. Apago la luz. La vuelvo a encender y otra vez busco el celular. ¿Para qué lo había agarrado media hora atrás? Ah, cierto, tenía que poner el despertador. Buenas noches.

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