La experiencia Regalos

Una jirafa para Nachito

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Ph Soledad Aznarez

 

Por Soledad Vallejos

Nació Nacho, el hijo de un amigo de la redacción, y entonces, como suele ser la costumbre entre compañeros de trabajo, se organizó una colecta. Cuando llegó el mail invitándome a participar, lo primero que hice -casi de forma automática- fue responder y preguntar con cuánto estaba colaborando la mayoría, para estar a tono. Pero antes de finalizar caí en la cuenta de que, Deseo Consumido obliga, esta vez no podía poner plata. El contrato que firmamos con Evangelina Himitian lo impide. En el texto hay un rubro específico sobre los regalos, y allí dice: “La compra de regalos queda prohibida. Lo sentimos mucho. Este año, sólo les regalaremos a los nuestros cosas que sabemos que les gustan y que no se pueden comprar. Es todo un desafío: poner a prueba cuánto los conocemos. Intentaremos sorprenderlos, tal vez con algún objeto nuestro que siempre nos elogiaron o con algún libro que nos encantó y sabemos que a esa persona le va a gustar. Se acabaron los regalos monetariamente impersonales. Si nosotras somos las destinatarias del regalo, la política es la misma. Sólo podemos aceptar algo usado (y amado) por quien nos lo ofrece. Si llegan regalos nuevos, sepan que serán recirculados. Se trata de dejar de acumular”.

 

De acuerdo con nuestro propósito, sumarme a la colecta no sería otra cosa que participar de un regalo monetariamente impersonal, aunque bien intencionado. Y siguiendo la lógica de Deseo Consumido recurrí a mis hijos. No hizo falta que les explicara demasiado. Ellos no firmaron ningún contrato, pero éste es un proyecto que atraviesa todas las decisiones que se toman en mi familia, y Renata y Santiago (de 9 y 6 años) no son ajenos al deseo de desconsumirnos.

Los dos entendieron el punto rápidamente y fueron a su cuarto. El estante de los peluches comenzó a derribarse. “Este no”, dijo Reni mientras agarraba a un peluchito gris con cuernos y nariz grande, que se llama Hugo y es una de las gárgolas amigas de El jorobado de Notre Dame en la película. “Este tampoco, este tampoco y este tampoco”, dijo Santi sin mucho argumento mientras revoleaba distintos muñecos.

“¿Y este?”, sugerí yo con una jirafita en la mano. Los dos estuvieron de acuerdo, y al preguntarles porqué creían que ese peluche era el indicado me dieron su respuesta: la jirafa, argumentaron, tenía un buen tamaño para un bebé, no era muy chica pero Nachito la podía tomar del cuello con sus manitos. Era suave, aportó Reni, y no tenía puntas duras ni nada que pudiera lastimarlo. A Santi le gustaron los colores, las manchitas que seguro llamarían la atención de Nachito y, además, creía que tenía una “carita linda”.

“¿Cómo se llama?”, dije para rematar. “Malena”. “No, Delfina”. “Si es una jirafa porqué se va a llamar Delfina”, replicaba uno a otro. “Malena”. “No, Lara”. “No, Clara”.  “Bueno, Clara está bien”. Habemus nombre.

“Clara me gusta”, dijo Reni. Y cuando la guardé en mi cartera para llevársela a Pablo, el flamante papá de Nachito, Reni agregó el último bocado. “Ojalá la quiera tanto como me pasó a mí cuando me regalaron a Buba”.

El mono Buba llegó a la vida de mi hija cuando apenas tenía un año. Y aunque ya no juega con él, lo ama profundamente. Es de esos juguetes que jamás se olvidan. Buba, claro, sigue firme en el estante. Es de esos objetos que guardan un valor emocional incalculable. El mismo que a través del deseo de Reni hoy lleva la jirafa Clara para Nachito. Ojalá le guste.

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