La experiencia Liviano de equipaje

La valija de mi abuela

Por Evangelina Himitian

EREVAN.- Viajar al exterior quizás sea de las pruebas más difíciles de superar cuando uno decide pasar todo un año sin comprarse o estrenar nada. Es difícil hacerlo cuando uno viaja a Estados Unidos, donde las cosas valen una décima parte de lo que salen acá, tal como le pasó a Sole Vallejos hace algunas semanas. Finalmente, allí en la meca del consumo, se encontró cara a cara con el diablo.  Pero superó la prueba.

No es más sencillo, aunque por otros motivos, cuando uno visita por primera vez el país de sus abuelos. Claro que la lista de objetos que hubiera comprado en estos diez días en los que visité Armenia no eran zapatillas o carteras o ropa. En cambio, me hubiera encantado traer un Jachkar, cruz de piedra (algunas ahora se hacen de madera) que simboliza en este país el cristianismo desde el año 301. También me hubiera gustado comprar ese colgante de piedra de las montañas de la zona, que vi en un mercado de artesanos cerca del lago Sevan. O una alfombra antigua, que es parte de la tradición Armenia, o un jäzvee, la jarrita de cobre para hacer café estilo oriental. O el libro que recuerda la historia del genocidio armenio, en el Memorial de Zizernagapert, frente al monte Ararat.

No viajé a Armenia de paseo, sino para cubrir la visita del Papa Francisco a la tierra que mis bisabuelos tuvieron que abandonar para sobrevivir al genocidio que empezó hace más de cien años y que aún no fue reconocido por Turquía. Ellos, antes, peregrinaron en la deportación por el desierto y allí vieron morir a todos sus familiares y amigos.


Mi abuelo Hagop Himitian nació en Aintap, una ciudad de la parte occidental de Armenia que no existe más ya que esos territorios hoy pertenecen a Turquía. Mi abuela Armenuhi, en cambio, nació en Damasco, Siria, luego de que sus padres escaparan de una muerte segura el eñ destierro. En ese peregrinaje y durante los siguientes años vivieron en Aleppo y cuando mi abuela se casó, se instaló en Haifa, entonces Palestina, hoy Israel, donde años después nació mi papá.

Cuando la guerra entre palestinos e israelíes recrudeció , mi abuelo subió a su familia a un taxi y los mandó a Beirut, donde nació mi tía menor. En 1948, mi abuela, triste y sabiamente dijo: “Esta región nunca tendrá paz”. Y no se equivocó. Antes de que zarpara el último barco desde Haifa,  previo al estallido final de la guerra, mi abuelo consiguió llegar a Beirut. Entones, todos subieron a bordo del viejo barco Campana, en el último viaje que hizo hacia América y dejaron todo atrás. “No trajimos nada. La casa quedó ahí, completamente armada. Cuando uno escapa de la guerra no tiene tiempo para nada, ni para mirar atrás lo que está dejando”, me contó mi papá.

Todo fue precipitado. Mis abuelos compraron pasajes para ellos y sus cinco pequeños hijos, y en pocos minutos armaron sus valijas. Tras viajar 30 días  en cuarta clase de ese barco, que ni de lejos se parecía a un transatlántico, empezaron una nueva vida en Argentina.

Nunca más volvieron ni a Siria ni al Líbano, ni a esa Armenia que simplemente no existe más.

En estos días de estar en Armenia, pensé una y otra vez en la valija de mi abuela. ¿Si me tuviera que mudar repentinamente de continente a una nueva vida, con un pasaje económico que no permite el exceso, qué llevaría y que dejaría? Hay sólo unos minutos para decidir. Todo lo que tiene un valor sentimental ocupará un segundo lugar después de lo necesario y funcional.

Me acuerdo que en mi casa siempre se contaba que lo único que mi abuela quiso traer fue un juego de porcelana  que llevaba años en la familia y había pasado de una generación a otra. Consiguió una caja de madera y paja para empaquetarla. Cuando llegaron a Buenos Aires, los guinches desembarcaban los bultos sin ningún cuidado. Cuando abrieron la caja, la historia de porcelanas familiares era un montón de añicos. Sólo una azucarera logró salir indemne del viaje.

Pero habían escapado a la guerra. Eso era  importante. Habían sobrevivido. Y la pérdida de casi todos sus bienes no les apagó la felicidad. Vivieron por varios años todos en una habitación de una casona antigua hasta que pudieron progresar.

No pocas veces, cuando hablamos de lo acumuladores que somos los argentinos, le echamos la culpa a la mentalidad de la posguerra de nuestros abuelos, que guardaban por las dudas de que lo pudieran necesitar en el futuro.

Sin embargo, los abuelos hace años se fueron y nosotros seguimos acumulando. Comprando cosas que al final de cuentas solo nos restan espacio y no nos aportan mayor felicidad.

Mi viaje a Armenia fue repentino, como todo lo bueno. Me traje muchos recuerdos que no necesitan ser materiales para estar presentes en mi memoria. Para siempre.

Me traje experiencias, algunas de esas que me hubiera perdido de haber tratado de estar buscando por ahí algún buen souvenir.

9 comentarios

  1. Espero con ansiedad siempre tus comentarios. Empece a seguirte porque me parecia dificil lo que se propusieron, en especial en el visje a USA que es el lugar donde mas me tiento comprar, como vos tambien lo comentas. Pero ahora me fascinan tus comentarios, tus historias. La verdad que ahora tambien te sigo por como escribis. Me gusta muchisimo como lo haces. Creo que tu trabajo el proximo año, luego de esta experiencia, sera escribir un libro con la recopilacion de todas tus notas. No dejes de escribir! Lo espero ansiosamente! Gracias!

    Me gusta

  2. Cuanta verdad en tu experiencia.
    Cuantas forma diferentes de consumir existen.
    No solo lo hacemos con los objetos, lo hemos llevado hasta lo
    más cotidiano de la vida.
    Muchas veces cuento que a pesar de estar en estos tiempos de súper tecnología y cámaras en hasta un reloj de muñeca, yo prefiero enfocar mi ojo y deleitar los sentidos a través de lo que veo. Cortázar dijo que el mandala de su vida eran sus ojos, todo lo que percibía a través de ellos motivaba sus otros sentidos y a partir de alli en forma de espiral creaba sus obras. Hoy en día la gente viaja por el mundo ávida de paisajes bellos y aventuras extremas que por supuesto van de la mano de la instantánea, la cámara de fotos, el video y la selfie del celular.- Lo que nadie VE ni MIRA es que por estar tan preocupados en sumar fotografias al album del facebook están apreciando el paisaje a través de una lente. Cuánto dinero ahorrarían si directamente lo vieran en algún sitio de internet.
    Hace muchos años al regreso de un viaje en que fui con dos valijas y regrese con cinco, por la cantidad de souvenir para repartir, decidí viajar con lo mínimo y volver con lo mismo. Y mas allá de dejar de cargar valijas y paquetes decidí CAMBIAR y cargar solo aquellas cosas que trajera puesta: un recuerdo en mi memoria, un paisaje en mi retina, una sensación en mi corazón, los cambios de clima en mi piel, una degustación de una comida típica del lugar, oir la música y los sonidos del lugar.
    No sólo debemos DESCONSUMIRNOS de las cosas, también de hábitos, creencias y costumbres. Y aprender. Y aprehender.
    Como dijo el gran Sandro PODRE PERDER LA VIDA, PERO LA VIDA NO ME LA PIERDO.

    Le gusta a 1 persona

  3. Excelente reflexión! También estoy en este camino de la des-consumisión… Consumismo que nos han enseñado y hemos aprendido; nos han inculcado hasta haber hecho un culto de él, hasta hacernos sentir que si no tenemos, no somos.
    Seguimos adelante y seguimos contagiando!

    Le gusta a 1 persona

  4. Muy buen relato. Me interesa la experiencia -que creo que mas temprano que tarde las llevará a cuestionar severamente el sistema en el que vivimos. Discrepo con la idea de que a “los argentinos somos acumuladores” -confirma mi temor de que la frase que empieza con gentilicio y sigue con el verbo ser…termina en un prejuicio. Hay argentinos que viven en ranchos con poco mas que en el siglo XIX. Hay que hurgar tambien en esas tradiciones originarias a las que los descendientes de inmigrantes -siempre mirando a Occidente- damos la espalda. Las sigo

    Me gusta

  5. Muy linda tu historia Evangelina. Me imagino que conmovedor habrá sido tu experiencia ir a un lugar tan lejos como Armenia con costumbres e idioma tan distinto al nuestro. Sólo quiero mencionar un pequeño dato cuando hablas de la valija de tu abuela. Salvando distancias mis padres se casaron en el 1939 en el Uruguay y se vinieron a trabajar a Argentina y ella decía que lo único que trajeron fue una valija y un baúl lleno de esperanzas. Y así fue todo lo que trabajaron hasta que ambos partieron. Un beso grande

    Le gusta a 1 persona

  6. Hermoso relato Evangelina, me recuerda mucho al de mi abuelo , q cdo llegaba de su trabajo del campo me contaba su historia de haber estado en.la guerra del 14,la primera guerra mundial, q estuvo prisionero durante meses de los Alemanes, q pudo escribir un diario durante ese periodo donde cuenta todas las vivencias.Luego su viaje en el barco q decide venir a la Argentina con una hermana de los 5 hermanos q eran.Se vino a hacer la América como decían ellos. Estos son nuestros inmigrantes y los q fueron formando nuestro país.Espero te sirva el aporte y opino q genes q recopilar y pensar en armar un libro.Beso

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s