La experiencia Lo compro o no lo compro

Dos horas de abstinencia

Por Evangelina Himitian

De pronto, me vi. Entre toda esa multitud. Caminando hacia ningún lugar. Mirando sin ver. Sin vernos. Sin encontrarnos. Estaba ahí, en medio de esa marea de gente que recorría con hastío un shopping un domingo de lluvia, deseando lo único que en ese lugar no se podía comprar. Un día de sol.

Fue hace cinco días. Un plan familiar que se malogró. Fuimos al cine y sólo había dos entradas para la película que quería ver mi hija. Y al final, como si fuera un designio del destino, yo, que había hecho el voto no consumista, me quedé afuera.

La boletería electrónica me rebotó con la leyenda “agotada”. Me pareció de una exquisita justicia poética.

Era justo. Aunque entraba dentro de la categoría “salidas familiares”, uno de los asteriscos que permite nuestro contrato, ir al cine era un plan border, bastante consumista. Y finalmente, cuando quise comprar mi entrada, –unos segundos después de haber comprado un 2×1 para mi hija y mi marido–, la boletería electrónica me rebotó con la leyenda “agotada”. Me pareció de una exquisita justicia poética.

Por delante tenía dos horas para vagar sin rumbo entre locales de ropa, decoración, accesorios, perfumes, tecnología y gastronomía. Y yo, con el compromiso de no llevarme ninguna de esas cosas a casa.

Fue un alivio saber que no iba a comprar nada. Me liberó de la obligación de mirar vidrieras, escandalizarme por los precios o dejarme tentar por la miel de los descuentos. Nada, no necesito nada. Y de verdad que no extrañé a mi yo consumista.

Aproveché para caminar, grabar estos videos y mirar lo que nunca vemos en un shopping. A la gente. Y entonces fue ahí cuando me ví. Yo era ese señor que arrastraba una caja enorme en un pasillo atentado de gente. Yo era la mujer que discutía con el marido sobre una promo. Yo era esa señora a la que le apretaban los zapatos. Yo era ese hombre que no encontraba dónde sentarse mientras su mujer se probaba toda la ropa del local. Era esa adolescente que peleaba por teléfono con su mamá en una escalera mecánica.

Yo era todos ellos. Buscando como cada uno lo que allí no se vendía.

¡Por favor, devuélvannos el sol!

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