Antes de comprar algo nuevo hacete estas cinco preguntas

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Soledad Aznarez

Por Evangelina Himitian

No lo habíamos pensado así, como “cinco consejos a tener en cuenta antes de comprarse algo nuevo”. Pero ayer, durante la presentación de Deseo Consumido en el stand de La Nación, en la 43° Feria Internacional del Libro, atinadamente, María Elena Polack, nuestra entrevistadora, lo preguntó.

Nos tomó por sorpresa, sobre todo ahora que volvemos al ruedo de los compradores. Sin embargo, como queremos andar por la senda de los consumidores responsables, la vara es hasta quizás más alta que antes. En este divertido ping pong de preguntas y respuestas que nos planteó Polack, salió un lindo punteo de tips que aplican para toda compra, incluso para la de nuestro libro. Acá los compartimos.

1. La pregunta inversa. “¿Qué pasa si no lo compro? Si la respuesta es <nada>, no lo compre porque no lo necesita”. Antes de comprar algo, hagamosnos la pregunta que suele sugerir a inversores de Wall Street, Warren Buffet, el tercer hombre más rico del planeta y cultor de un estilo fundamentalistamente austero. Si no comprarlo no significa nada, realmente no necesitamos sumarlo a nuestra vida.

2.¿No tengo algo igual? Nos vestimos siempre con lo mismo, usamos las mismas cosas de la casa… y adivinen qué pasa cuando vamos a comprar algo nuevo. Muchas veces terminamos comprando cosas que son exactamente iguales a las que ya compramos tiempo atrás o bastante parecidas en estilo forma y uso. Simplemente repetimos porque no recordamos que lo tenemos, porque nunca lo usamos. Antes de salir a comprar es útil hacer el ejercicio de buscar la cosa más parecida a ese objeto de deseo, puertas adentro. El ejercicio te va  a sorprender.

3.¿Podría darle tiempo? Cuando somos impulsivos en salir a satisfacer esa necesidad que creemos tener, compramos mucho y compramos mal. En cambio, cuando le damos tiempo a esas ganas o necesidad, le permitimos decantar las razones que hay detrás de esa compra. Quizás, pasado el impulso inicial, comprobamos que no lo necesitábamos y que ni siquiera lo queríamos. Y hasta sentiremos un alivio de no haberlo comprado.

 

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4.¿No puedo conseguirlo en el mercado de lo usado? El mercado de lo usado ofrece una gran oportunidad desde distintas perspectivas. Es más económico, no se necesitan gastar recursos para producirlo, ofrece la posibilidad de reducir la población de cosas en desuso de nuestras casas y minimiza el impacto ambiental. Está calculado que prolongar por 9 meses la vida de una prenda reduce en un 30% el impacto ambiental de su fabricación.

 

5.¿De dónde viene y a dónde va? Antes de comprar, deberíamos preguntarnos a dónde ir a parar cuando ya no lo use? Si eso que compro corre la suerte que la mayoría de las prendas y objetos que hay en nuestra casa, ¿dónde va a ir a parar? ¿Se acumulará en casa? ¿Lo voy a donar? ¿Lo voy a descartar? Pensemos en esos basurales tecnológicos, en las casas atiborradas de objetos, en las ciudades acosadas por la contaminación. También preguntémonos ¿de dónde viene este objeto? Miremos la etiqueta. ¿Cuánto viajó? ¿Quién lo hizo? ¿Recibió un trato justo por su trabajo? No estamos solos en este Planeta.

Así de (poco) emocionante fue volver a comprar

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Ph. Soledad Aznarez

Por Evangelina Himitian

Pasaron 25 días desde que recuperamos la libertad. Y esto se está poniendo cada vez más difícil. Ahora que somos libres para comprar lo que querramos, incluso la cosa más estúpida o superficial, no tengo ganas de comprar nada. O, mejor dicho, tengo temor.

Pensé que iba a ser distinto. Que ese primer objeto que comprara después de la abstinencia iba a tener un valor fundacional. Casi que me imaginé un corte de cintas en el negocio al que fuera, con cámaras de televisión y un breve discurso de algún empresario para celebrar mi regreso al mercado. El hijo pródigo que vuelve a casa. O algo así.

Pero no ocurrió. Al contrario. Había pensado bastante (tuve mucho tiempo para meditarlo) sobre cuál iba a ser ese primer objeto. Primero dije que iba a ser una buena tijera, de esas que se pueden afilar y que se quedan por varias generaciones en una familia. Después dije que sería una yogurtera. Ya saben, los armenios hacemos nuestro propio yogur. Pero desistí y volví a la tijera. Y al final, me di cuenta de que tampoco la necesitaba. Ni la quería. Entonces no compré nada.

Finalmente, a mediados de la semana pasada, a la mitad de la noche tuve que ir a la farmacia para comprar algo contra el dolor de espalda y cuando volví a casa, miré la bolsa y caí en cuenta de que esa almohadilla de gel que se mete al microondas y que alivia la contractura había sido mi primera compra. “Ah, ¿era eso? ¿Así era volver a comprar?”. Sentí desilusión. No hubo cintas, ni cámaras, ni discursos. Simplemente una necesidad ¿real? de calmar un dolor. Confirmado: el mercado no me estaba esperando. Íntimamente, lo sabía. O, mejor dicho, lo temía. Desde entonces, no he vuelto a comprar.

¡Llegamos! 365 días sin comprar

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Por Evangelina Himitian y Soledad Vallejos

Llegamos. Estamos del otro lado de la meta. Y una sensación de alivio y de aprendizaje nos invade por completo. También algo de nostalgia. Vamos a extrañar esto. Aunque la mayoría debe creer que, íntimamente, estábamos deseando que llegara el día que terminara nuestra experiencia, lo cierto es que ahora sabemos que nuestra vida no será la misma.

Esto no será un paréntesis en una vida de consumo desenfrenado. Tampoco una experiencia progre de autoconocimiento. Y después del apocalipsis consumista, ¿qué? Ya nada será igual para nosotras.

Nos lo preguntaron infinidad de veces en estos meses: ¿Y… ya sacaron pasajes para Chile? ¿Miami? No. Para nada. Lo más valioso fue habernos conectado con nuestro costado más auténtico. Más imperfecto. Y, en cierta manera, fue una experiencia détox.

Estamos desintoxicadas del consumo. Más convencidas que nunca. Las promos ya no tienen poder sobre nosotras. Cuando vamos caminando por la calle y de reojo las vemos allí pegadas en las vidrieras, como el último manotazo de ahogado de un sistema que se volvió insostenible, nos reímos de costado. Con disimulo. Meneando la cabeza, como quien logró escapar de la trampa y no volverá a caer en las mismas redes.

El mayor aprendizaje de este año quizás fue éste: ¿Sabés qué pasa cuando estás todo un año sin consumir? ¡Nada! No pasa absolutamente nada. Las cosas son sólo cosas. Podríamos estar otro año con el mismo sistema y todavía habría stock como para sobrevivir sin sentir carencias reales. No pasa nada. Simplemente el apocalipsis consumista, ese temor al fin del mundo que sobrevendría si dejábamos de comprar, nunca ocurrió. Estamos a salvo. El mercado no tiene la potestad de destruirnos.

Todas las cosas que tenemos en nuestras casas, aunque no sean las más lindas o las más modernas, siguen teniendo utilidad, a pesar de que la obsolescencia percibida e inducida nos haga creer lo contrario. Son sólo cosas.

También nos preguntaron muchas veces. ¿Y cuánto ahorraron? Para ser sinceras, no lo sabemos. Bastante. O poco. La verdad, no nos importa. Simplemente que para nosotras, ahora, el dinero no tiene el mismo valor que hace un año. Y no sólo en términos inflacionarios. Con una inflación del 40%, hubiera sido el peor negocio postergar consumo en pos de ahorro. Y ese es el mandato que hace que la rueda del consumo siga girando. Obviamente, como no gastamos, ese dinero no se fue. Parte se la comió la inflación. Parte la ahorramos y otra parte la destinamos a pasar buenos momentos con nuestra gente, sin que el gasto fuese un impedimento.

En este año, salimos a comer, a tomar café, descorchamos un vino para cada cumpleaños u ocasión que lo ameritaba. Paseamos, invertimos tiempo en los que queremos y se lo hicimos saber. Recorrimos, visitamos, proyectamos, aprendimos. No nos privamos de nada. Al menos esa es nuestra sensación, a pesar de haber cumplido al pie de la letra el contrato con el que nos comprometimos a no comprar nada más que lo necesario. Es difícil monetizar el aprendizaje. Pero, básicamente, dejamos de comprar cosas con plata que no teníamos, que es eso lo que hacemos cuando pagamos con tarjeta de crédito.

Hace doce meses que nuestro cerebro no recibe la placentera sensación de la dopamina que se libera antes de una compra. Esa ansiedad por saber qué voy a comprarme, dónde, cómo conviene pagarlo… Todo ese folclore que precede a una compra, simplemente, desde hace un año ya no es parte de nuestra vida. Ahora mismo, estamos sentadas a la mesa, en la casa de nuestros amigos Mariana y Rodrigo, celebrando esta etapa. Acá, en el mismo lugar en el que, hace poco más de un año les contamos a nuestras familias la decisión de retirarnos del consumo por un tiempo.

Y, en el debate que otra vez se instaló en torno a Deseo Consumido, las dos coincidimos en que durante este año, no extrañamos nada la sensación de comprar. Pasamos la Navidad, nuestros cumpleaños, las vacaciones y, en todos los casos, siempre optamos por versiones minimalistas de nuestros antiguos festejos. Con la familia, con amigos, un asado, una pizza, o lo que haya. Festejamos de forma más sencilla, en nuestras casas, en una plaza, con menos invitados pero mejor elegidos.

No quedan cuentas pendientes con 2016 ni con 2017. Hemos disfrutado de este año como una de las mejores temporadas de nuestras vidas.

Mes once y 29 días

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Por Soledad Vallejos y Evangelina Himitian

Nada. No falta nada. Es ya. En apenas dos días habremos alcanzado la meta. Guau. Ni nosotras mismas podemos creerlo. Sólo faltan 48 horas para que se levante el cepo. ¿Y ahora? Tendremos la chance de volver al ruedo. De comprar sin restricciones, de empacharnos de promos y descuentos.

¡Al fin recuperamos la libertad! Pero no de comprar, sino de saber que no necesitamos nada. Sí, exactamente eso. Nos sentimos libres. Más afortunadas. Más dueñas. Más imperfectas. Más felices. Terminamos este año, seguras de haber dado un paso importante, satisfechas, con más fuerzas que nunca.

Hace un tiempo recibimos un mensaje de una fiel seguidora de este blog, que nos emocionó con sus palabras. María Esther supo sintetizar muchos de los aprendizajes de este año. Y, faltando tan poco para el final, queríamos compartirlo acá.


Va llegando el final de este año y es momento de balances. Y va culminando el proyecto propuesto. Como todo en la vida fue fácil y fue difícil. Primer aprendizaje: Todo puede ser nada y poco significar mucho. Vivimos rodeados de cosas, algunas imprescindibles, otras superfluas. ¿Qué  necesitamos? Saber dar a cada cosa su valoración real es el primer paso.

Tenemos mente y corazón, cuerpo y alma. Segundo aprendizaje: Se puede perder todo cuanto se tiene pero jamás cuanto se es. Tener la sabiduría de manejar las emociones es el segundo paso.

La vida es una línea de tiempo, con punto de partida y de llegada. Tercer aprendizaje: Se compra lo que tiene precio. Lo que tiene valor, se conquista. Ser libres de las creencias del ser por las cosas poseídas es el tercer paso.

La cantidad de felicidad que tenemos en nuestras vidas es directamente proporcional a la cantidad de libertad que hay en nuestros corazones. Cuarto aprendizaje: La felicidad no es la meta, es la recompensa.

En conclusión, como bien enseñan en Japón: es importante clasificar, ordenar, limpiar, sistematizar. Pero sobre todo, tomar conciencia y comprometerse en mantener el equilibrio entre lo que se desea, se necesita y se adquiere.

Aprendizaje final: Ir siempre por el camino del medio, ni aquel que nos lleve a los a los excesos ni el que nos prive de todo. ¡Fuerza! Falta muy poco… Lograrán lo acordado y el resultado será además de la satisfacción del deber cumplido, la sabiduría de saber quiénes son, qué desean, qué no quieren, qué aman y cuáles son sus límites personales.

Falta poco. ¡Vamos!

 

 

 

 

Desafío final por cierre: 18 regalos en 18 días

Por Evangelina Himitian y Soledad Vallejos
Una sensación dual nos envuelve estos días. Las ganas de que llegue la fecha, pero a la vez una enorme nostalgia.Como cuando alguna vez estuvimos a punto de parir, ansiosas, felices, pero de repente sentís que vas a extrañar la panza. Bueno, algo parecido. Después, cuando nace tu hijo ya nada es igual. Y una nueva etapa de felicidad y descubrimientos invade tu cotidianidad. Así será. Pero vamos a extrañar un poco la sensación de Deseo Consumido. Y está bien.
Queremos buscar un gran final. Y una gran manera de cerrar esta etapa es la de traducir en regalos de agradecimiento todo lo que aprendimos en estos meses. Apenas faltan 18 días para recuperar la libertad consumista, y no podíamos dejarlo pasar sin activar una acción que corone nuestro periplo de “desconsumo”. Muchos amigos siguieron de cerca el proyecto. Se interesaron. También nos criticaron y nos impulsaron a seguir adelante.
Once meses y medio quedaron atrás. Pasaron cumpleaños y días festivos como el de la Madre, el Día del Niño, el Día del Padre y la Navidad. Y entre tantas enseñanzas que nos dejó Deseo Consumido aprendimos que hay una manera distinta de regalar. Una forma de hacer que el otro se sienta importante y querido sin pasar la tarjeta de crédito. Y no hablamos, en este caso, de regalar tiempo. Abrazos. O cartas. Regalar objetos sin comprarlos requiere, tal vez, de una delicadeza más sofisticada.

Por eso, durante estos últimos 18 días decidimos hacer 18 regalos. La tarea será elegir a 18 personas y unirlas con 18 objetos que aún nos acompañen en nuestras casas, o en nuestros roperos. Será un trabajo difícil, porque elegir a ese puñado de personas entre tantos nombres que nos acompañaron durante este (casi) año es una tarea más bien azarosa. Nos dejaremos guiar por el momento, sabiendo que seremos arbitrarias y hasta injustas.

La elección de los objetos tampoco será sencilla. Aunque por el sólo hecho de haber sobrevivido al #ChauDiez y a todas nuestras acciones de descarte, todas esas cosas son importantes para nosotras. Aprender a regalar fue una de las incorporaciones más complejas de este año. Un regalo cuyo valor emotivo supere el valor económico. Todo un desafío. En algunas ocasiones fue complicado. Más de lo que hubiéramos creído. Pero, en todos las casos, valió la pena el esfuerzo.
El abrazo que la gente ofrece después de recibir un regalo que le tocó el alma no se compara con un ningún ticket de cambio. Ni con el más caro de todos.

Libertad consumista: 30 días para cruzar la meta

 

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Por Evangelina Himitian y Soledad Vallejos

Ya no nos falta casi nada. En apenas un mes, estaremos del otro lado de la meta. Habremos cumplido con nuestro objetivo de pasar un año sin comprar. Escribimos estas líneas y no podemos evitar recordar las palabras que nos dijeron muchos cuando empezamos con este proyecto. “No van a poder”. “Es ridículo”. “No tiene sentido”. Ahora que falta tan poquito nos dan ganas de decirles que se equivocaron. Que sí tiene sentido, que a veces está bien hacer el ridículo. Que después de todo, animarse a salir de la manada es eso. Vale la pena.

Once meses después, comprobamos que el mercado no se hizo eco de nuestra abstinencia. Tan poco nos tiene en cuenta que podemos pasar casi un año sin comprar y ni siquiera le hicimos cosquillas. Pero no podemos decir que para nosotras éste haya sido un año más. Valió la pena. Está valiendo la pena. Y aunque el sistema no registre nuestras acciones, seguimos encontrando a muchas personas que piensan como nosotras, y que también han decidido sacar el pie del acelerador del consumo. Gente que nos alentó desde el minuto cero y que quiso acompañarnos y sumarse a nuestra propuesta. Sucedió, por ejemplo, cuando redoblamos la apuesta e inauguramos “Salí del placard” -nuestra primera muestra en una galería de arte- donde nos propusimos contar con otro lenguaje todas esas reflexiones y conclusiones que habían ido apareciendo después de pasar cinco meses sin pasar la tarjeta ni desembolsar efectivo.

Durante todos estos meses, además de no comprar, nos metimos de lleno a intentar conocer qué hay detrás de la matriz de consumo. Y al investigar sobre los distintos temas, también nos vimos obligadas a retrotraer la mirada hacia nuestra propia historia como consumidoras. De adquirir unas veinte prendas por año –si nos ajustamos al cálculo que arrojan las estadísticas a nivel nacional- pasamos a cero. Pero eso no implicó que la palabra estreno quedara fuera del área de cobertura. Este año estrenamos más que nunca, y sobre todo tiempo. Ese del bueno, de calidad. Tiempo artesanal, hecho a mano.

Todavía nos faltan 30 días y no estamos esperando que pasen rápido. No estamos tachando números en el almanaque ni tenemos sacados pasajes para Chile. Y no vamos a dedicar nuestro primer día de libertad consumista a comprar. Las reglas cambiaron hace ya once meses. Quisimos desconsumirnos, y en eso estamos. Para los nuestros ya no somos como extrañas. Para los extraños, tampoco. Con Deseo Consumido asumimos el compromiso de pasar todo un año sin comprar nada más que lo necesario. Ni un solo objeto cuyo destino final sea la acumulación. Y valió la pena.

Por fin tengo el bolso de Mary Poppins 


Por Evangelina Himitian

Siempre soñé con un bolso igual a ese. Al de Mary Poppins. Pequeño pero infinito. Y mágico. Y lo conseguí. Fue para las vacaciones que nos tomamos con la familia. Quería llevar poco, viajar cómoda. Hacerle honor a estos casi 11 meses que llevamos de Deseo Consumido. Entonces busqué el bolso más pequeño. Hace unos días lo medí: 45 cm de largo x 35 cm de ancho x 40 cm de alto. Poco más grande que una mochila. Parecía poco para casi 20 días. Pero ¿cuánto más necesitaba? Un par de shorts, unas tres remeras, varios vestiditos, la malla, las ojotas. Un sweater, un abrigo… un jean. Poco más. Listo. En la casa a la que fuimos teníamos lavarropas, si hacía falta. Hice el bolso sin  mucho esfuerzo y sin sentir que el cierre estaba por explotar.

No sé de qué me olvidé. Si faltó algo, no me enteré. Hay una frase que resume todo. Y cada vez cobra más fuerza adentro mío. ¡Qué bien que se siente andar liviano de equipaje!

No extrañé ninguna de las prendas que quedaron en Buenos Aires. No anduve vestida siempre con lo mismo y creo que la gente a mi alrededor no debe haber notado la diferencia. Si viajé con un bolso pequeño o si acarree una pesada valija, nadie se percató. Noche tras noche tuve que aguzar el ingenio para combinar de mil maneras distintas la misma ropa. Y comprobé que se puede. Y que no pasa nada.

Simplemente, aunque llevemos una tonelada de ropa, casi siempre terminamos usando lo mismo. Lo que nos gusta y con lo que nos sentimos cómodos, que es menos del 20 % de nuestro placard.

Haber metido en ese bolso pequeño, ínfimo y a la vez infinito, sólo ese 20 %  (ahora mi placard es muy pequeño) fue una de las mejores decisiones de mis vacaciones.

Ir por ahí livianos de equipaje nos permite comprobar que en realidad es tan poco lo que necesitamos, que debería entrar en un bolso pequeño.  Y como suele decir Pepe Mujica. Si no logramos ser felices con poco o no lo lograremos con mucho.