Desafío final por cierre: 18 regalos en 18 días

Por Evangelina Himitian y Soledad Vallejos
Una sensación dual nos envuelve estos días. Las ganas de que llegue la fecha, pero a la vez una enorme nostalgia.Como cuando alguna vez estuvimos a punto de parir, ansiosas, felices, pero de repente sentís que vas a extrañar la panza. Bueno, algo parecido. Después, cuando nace tu hijo ya nada es igual. Y una nueva etapa de felicidad y descubrimientos invade tu cotidianidad. Así será. Pero vamos a extrañar un poco la sensación de Deseo Consumido. Y está bien.
Queremos buscar un gran final. Y una gran manera de cerrar esta etapa es la de traducir en regalos de agradecimiento todo lo que aprendimos en estos meses. Apenas faltan 18 días para recuperar la libertad consumista, y no podíamos dejarlo pasar sin activar una acción que corone nuestro periplo de “desconsumo”. Muchos amigos siguieron de cerca el proyecto. Se interesaron. También nos criticaron y nos impulsaron a seguir adelante.
Once meses y medio quedaron atrás. Pasaron cumpleaños y días festivos como el de la Madre, el Día del Niño, el Día del Padre y la Navidad. Y entre tantas enseñanzas que nos dejó Deseo Consumido aprendimos que hay una manera distinta de regalar. Una forma de hacer que el otro se sienta importante y querido sin pasar la tarjeta de crédito. Y no hablamos, en este caso, de regalar tiempo. Abrazos. O cartas. Regalar objetos sin comprarlos requiere, tal vez, de una delicadeza más sofisticada.

Por eso, durante estos últimos 18 días decidimos hacer 18 regalos. La tarea será elegir a 18 personas y unirlas con 18 objetos que aún nos acompañen en nuestras casas, o en nuestros roperos. Será un trabajo difícil, porque elegir a ese puñado de personas entre tantos nombres que nos acompañaron durante este (casi) año es una tarea más bien azarosa. Nos dejaremos guiar por el momento, sabiendo que seremos arbitrarias y hasta injustas.

La elección de los objetos tampoco será sencilla. Aunque por el sólo hecho de haber sobrevivido al #ChauDiez y a todas nuestras acciones de descarte, todas esas cosas son importantes para nosotras. Aprender a regalar fue una de las incorporaciones más complejas de este año. Un regalo cuyo valor emotivo supere el valor económico. Todo un desafío. En algunas ocasiones fue complicado. Más de lo que hubiéramos creído. Pero, en todos las casos, valió la pena el esfuerzo.
El abrazo que la gente ofrece después de recibir un regalo que le tocó el alma no se compara con un ningún ticket de cambio. Ni con el más caro de todos.

Libertad consumista: 30 días para cruzar la meta

 

paloma

 

Por Evangelina Himitian y Soledad Vallejos

Ya no nos falta casi nada. En apenas un mes, estaremos del otro lado de la meta. Habremos cumplido con nuestro objetivo de pasar un año sin comprar. Escribimos estas líneas y no podemos evitar recordar las palabras que nos dijeron muchos cuando empezamos con este proyecto. “No van a poder”. “Es ridículo”. “No tiene sentido”. Ahora que falta tan poquito nos dan ganas de decirles que se equivocaron. Que sí tiene sentido, que a veces está bien hacer el ridículo. Que después de todo, animarse a salir de la manada es eso. Vale la pena.

Once meses después, comprobamos que el mercado no se hizo eco de nuestra abstinencia. Tan poco nos tiene en cuenta que podemos pasar casi un año sin comprar y ni siquiera le hicimos cosquillas. Pero no podemos decir que para nosotras éste haya sido un año más. Valió la pena. Está valiendo la pena. Y aunque el sistema no registre nuestras acciones, seguimos encontrando a muchas personas que piensan como nosotras, y que también han decidido sacar el pie del acelerador del consumo. Gente que nos alentó desde el minuto cero y que quiso acompañarnos y sumarse a nuestra propuesta. Sucedió, por ejemplo, cuando redoblamos la apuesta e inauguramos “Salí del placard” -nuestra primera muestra en una galería de arte- donde nos propusimos contar con otro lenguaje todas esas reflexiones y conclusiones que habían ido apareciendo después de pasar cinco meses sin pasar la tarjeta ni desembolsar efectivo.

Durante todos estos meses, además de no comprar, nos metimos de lleno a intentar conocer qué hay detrás de la matriz de consumo. Y al investigar sobre los distintos temas, también nos vimos obligadas a retrotraer la mirada hacia nuestra propia historia como consumidoras. De adquirir unas veinte prendas por año –si nos ajustamos al cálculo que arrojan las estadísticas a nivel nacional- pasamos a cero. Pero eso no implicó que la palabra estreno quedara fuera del área de cobertura. Este año estrenamos más que nunca, y sobre todo tiempo. Ese del bueno, de calidad. Tiempo artesanal, hecho a mano.

Todavía nos faltan 30 días y no estamos esperando que pasen rápido. No estamos tachando números en el almanaque ni tenemos sacados pasajes para Chile. Y no vamos a dedicar nuestro primer día de libertad consumista a comprar. Las reglas cambiaron hace ya once meses. Quisimos desconsumirnos, y en eso estamos. Para los nuestros ya no somos como extrañas. Para los extraños, tampoco. Con Deseo Consumido asumimos el compromiso de pasar todo un año sin comprar nada más que lo necesario. Ni un solo objeto cuyo destino final sea la acumulación. Y valió la pena.

Por fin tengo el bolso de Mary Poppins 


Por Evangelina Himitian

Siempre soñé con un bolso igual a ese. Al de Mary Poppins. Pequeño pero infinito. Y mágico. Y lo conseguí. Fue para las vacaciones que nos tomamos con la familia. Quería llevar poco, viajar cómoda. Hacerle honor a estos casi 11 meses que llevamos de Deseo Consumido. Entonces busqué el bolso más pequeño. Hace unos días lo medí: 45 cm de largo x 35 cm de ancho x 40 cm de alto. Poco más grande que una mochila. Parecía poco para casi 20 días. Pero ¿cuánto más necesitaba? Un par de shorts, unas tres remeras, varios vestiditos, la malla, las ojotas. Un sweater, un abrigo… un jean. Poco más. Listo. En la casa a la que fuimos teníamos lavarropas, si hacía falta. Hice el bolso sin  mucho esfuerzo y sin sentir que el cierre estaba por explotar.

No sé de qué me olvidé. Si faltó algo, no me enteré. Hay una frase que resume todo. Y cada vez cobra más fuerza adentro mío. ¡Qué bien que se siente andar liviano de equipaje!

No extrañé ninguna de las prendas que quedaron en Buenos Aires. No anduve vestida siempre con lo mismo y creo que la gente a mi alrededor no debe haber notado la diferencia. Si viajé con un bolso pequeño o si acarree una pesada valija, nadie se percató. Noche tras noche tuve que aguzar el ingenio para combinar de mil maneras distintas la misma ropa. Y comprobé que se puede. Y que no pasa nada.

Simplemente, aunque llevemos una tonelada de ropa, casi siempre terminamos usando lo mismo. Lo que nos gusta y con lo que nos sentimos cómodos, que es menos del 20 % de nuestro placard.

Haber metido en ese bolso pequeño, ínfimo y a la vez infinito, sólo ese 20 %  (ahora mi placard es muy pequeño) fue una de las mejores decisiones de mis vacaciones.

Ir por ahí livianos de equipaje nos permite comprobar que en realidad es tan poco lo que necesitamos, que debería entrar en un bolso pequeño.  Y como suele decir Pepe Mujica. Si no logramos ser felices con poco o no lo lograremos con mucho.

¿Cómo sería volver a comer un helado por primera vez?

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Ph. Soledad Aznarez

Por Evangelina Himitian

Te gusta ese helado, como a mí. Lo vi, lo imaginé… no lo recuerdo. Pero lo sé. Y esta tarde, cuando me paré frente al estante multicolor de la heladera me pregunté si ante ese dilema habrás elegido igual que yo. Si te gustará el verde, el de melón. Abrí el paquete no sin antes tantear dónde estaba el palito. Lo saqué y me fui caminando feliz las cuadras que me faltaban. Lo chupé, después lo mordí. Entonces, volví a preguntarme si vos lo comerías igual. Si al principio dudaste si abordarlo desde arriba. O si en cambio pasarle la lengua por los costados. Mientras caminaba me pregunté “¿por qué mientras tomo este helado estoy pensando en vos?”

Avancé una cuadra y media y cuando sentí que la lengua empezaba a adormecérseme por el frío volví a imaginarte caminando por esa vereda, comiendo ese, mí helado. Con tu boca que es la mía. Volví a concentrarme en el helado. En mi camino. Y unos pasos más allá otra vez apareciste. ¿Disfrutarás de sentir la punta de la lengua congelada? ¿Vos también comerás este helado lento, intentando prolongar el momento lo más que se pueda? Me encontré con el palito desnudo antes de acabar mi camino. Antes de dejar de pensar en vos. ¿Disfrutás la sensación de helado que queda en la boca, aún cuando ya se te acabó? ¿Llevás el palito vacío dos cuadras entre los dedos, como si fuera un cigarrillo, como si todavía tuviera algo para dar?

Hace algunos días me preguntaba cómo sería volver a comer un helado por primera vez. Digo, tener la posibilidad de recuperar esa capacidad de asombro, de rebobinar a cero esa sensación de descubrimiento y goce que experimentamos cuando estamos frente a algo que acabamos de conocer pero que amaremos de por vida.

Compré este helado con la idea de hacer ese ejercicio, pero, en cambio, otra idea me asaltó en el camino. ¿Quién sería la última persona que compró un helado de palito en esta heladera? ¿Y cómo es posible que si compartimos los gustos y recorremos los mismos caminos, los consumidores seamos entes anónimos que nunca se conocerán? El mercado. Ah, cierto. Así es el capitalismo.

Igual, esta tarde disfruté de comer este helado telepático con vos.

El tropezón y la resiliencia

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Ph. Soledad Aznarez

 

Por Evangelina Himitian

Fue un desparramo. Porque no me caí. Me desparramé. O, mejor dicho, me despatarré. Venía caminando envalentonada, vestido a rayitas verdes, música en los oídos, un mediodía de estos. Hacía tanto calor que había que ponerle mucha onda para caminar las doce cuadras que hay entre Puente Saavedra y la avenida del Libertador. Y se la puse. Iba vestida fresca, llevaba mi botella de agua, música. Bien.

Una hora atrás, en mi casa, cuando iba de salida, dudé si ponerme esas plataformas o unas chatas. Las plataformas verdes que casi exclusivamente combino que ese vestido. Y dije, sí, me las pongo. Pero no fue una buena decisión.

La dificultad no fue para caminar. Las mujeres argentinas hemos desarrollado habilidades impensadas para hacer prácticamente todo, incluso caminar por la arena, con ladrillos atados a los pies. Pero, cuando estaba a mitad de camino, atravesé una zona de turbulencias. Una vereda rota que me desestabilizó. Intenté un movimiento, casi un pase de baile para no perder el equilibrio pero no lo conseguí. Y aterricé con un cero en glamour sobre la vereda.

Al oír el estruendo, una señora que avanzaba con su carrito de compras por esa silenciosa calle de Vicente López se dio vuelta y me preguntó lo obvio. ¿Estás bien? “Si, sí”, atiné a responder yo mientras trataba de levantarme. Mentira. No estaba bien. Me sangraba la rodilla, me dolía el tobillo y lo peor, mi plataforma se había despegado por completo. ¿Por qué le dije que estaba bien? Mentí, igual que cuando suena el teléfono a las 6 de la mañana, te preguntan si te despertaron y decís que no. (Eso, si el que llama no es un secuestrador virtual). Pero no estaba bien. Intenté recobrar el paso pero era técnicamente imposible. Estaba a mitad de camino  y tendría que arrastrar el pie o caminar descalza unas cinco o seis cuadras para llegar a alguna avenida e intentar conseguir una solución para mis pies.

La señora que me vio caer me ofreció su ayuda. Un ángel. Me dijo que ella vivía unas cuadras más adelante, que iría a buscar algún pegamento. Que yo fuera caminando despacito y que la alcanzara. Lo intenté. Juro que era imposible. Y la vereda quemaba y no podía caminar sin nada. Me senté unos segundos y pensé. Es el tercer par de sandalias que se me rompen en este mes. Suspiré. Desde que estoy en Deseo Consumido, me convenzo cada vez más de que somos una caja de herramientas completa. Que en nosotros está prácticamente todo lo que necesitamos para solucionar las situaciones que se nos presentan. Sólo que la mayoría de las veces usamos muy pocas herramientas. Las básicas. Y desaprovechamos el resto.

¿Qué había en mi cartera capaz de hacerme llegar hasta avenida del Libertador? Miré, revolví. Estaba segura de que el pegamento que me ofrecía la vecina no iba a durar tanto. Entonces vi las cintas de una bolsa de cartón que llevaba en la cartera con unos papeles y supe qué tenía que hacer. Saqué las tiras y até la plataforma. No era una solución definitiva, pero me permitió llegar a destino y pensar otra estrategia para esas plataformas maltrechas.

Aunque la busqué no volví a encontrar a la mujer que fue en mi auxilio. Quería agradecerle. Probablemente nos hayamos cruzado en algún momento. Pero seguí mi camino con la satisfacción de comprobar que los seres humanos, incluso en situaciones ínfimas y cotidianas, somos resilientes.

Mañana cumplo años

 

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Ph. Soledad Aznarez

 

Por Evangelina Himitian

Mañana cumplo 39. Desde que tengo memoria, mis cumpleaños siempre fueron festejos íntimos. No recuerdo haber tenido fiestas de más de diez personas en muchos años. Creo que nunca mis amigos se pusieron de acuerdo a espaldas mías y me gritaron “sorpresa”. Es más, desde hace más de una década que ni siquiera todos mis hermanos están presentes ese día.

Pero lean bien. No hay un dejo de amargura en estas líneas. Los cumples poco convocantes son parte también de mí. Así como el frío, para la princesa congelada.

Es que no es sencillo cumplir años un 18 de enero, fecha en la que la temperatura suele superar los 35 grados y todo el que puede o se fue de vacaciones, o está armando las valijas para irse o está haciendo el duelo por haber vuelto y subiendo fotos a Facebook de lo bien que la pasó. Y justo ahí a mí se me ocurre cumplir años. Peor la pasó mi madre, que justo ese día se le ocurrió parir.

Hace algunos años anuncié que haría un festejo tranqui, que tiraríamos algo a la parrilla, sin pretensiones. Eramos diez adultos, incluyéndome a mí, la cumpleañera. Dos invitados avisaron que llegaban tarde, pero que venían. Otros dos, llamaron para decir que no venían, que hacía mucho calor, pero al final los convencimos y vinieron. Otros dos, pasaron a la hora de la torta, porque uno de ellos venía de su propio cumpleaños. Y una de mis amigas más queridas tocó el timbre sólo para darme un beso y decirme que se iba porque tenía a los hijos en el auto insolados y con fiebre, después de haber pasado todo el día en una pileta, en Tigre.

¿Un desastre? Para nada. Así son los cumpleaños de los capricornianos. Me llevó años descubrir que esto no me pasaba sólo a mí. Debo confesar que fue un alivio. Hace dos años, el Niño Rodríguez, el realizador de ese genial corto de María Teresa, tuvo una gran idea. Creó un sindicato para reivindicarnos. “El Sindicato Capricorniano lucha por el derecho de todos los nacidos entre el 22/12 y el 20/1 a tener buenos cumpleaños”, dice. Somos, por lejos, los argentinos que tenemos los peores cumpleaños. Una de las imágenes de la página del sindicato es más que elocuente: Un pan dulce con una vela que dice, “esto no es una torta”.

De todas formas, debo decir que con este calor es casi un alivio festejar sencillo. Que no haga falta prender el horno para hacer una torta.

Debo decir que me siento identificada con muchos de los mensajes de los afiliados al sindicato de los capricornianos. Así son nuestros cumpleaños. Muchos mensajes, pocos invitados y aún menos regalos. Rara vez una torta. Nunca, pero jamás, una fondeau. Cuando era chica, no festejaba con mis compañeros de colegio. Y de grande, me acostumbre a que mis personas más queridas, (siempre y cuando abran el Facebook) interrumpen sus vacaciones unos instantes para saludarme, sólo por teléfono y después seguir pasándola bomba. Me alegro por ellos. A lo sumo les pido que me dediquen una caipirinha. Y también me alegro por mí.  Este año, le sumé la prohibición de hacerme regalos. Aunque creo que no hubiera hecho falta. La verdad es que no me imagino cumpliendo y festejando de otra manera que como una auténtica capricorniana.

¡Feliz cumpleaños a mí!

 

La inutilidad específica de un souvenir

Por Evangelina Himitian 


Es casi un mandato social. Cuando uno viaja a un destino de vacaciones, parte del paseo, de la vuelta al perro de cada noche es salir a ver qué se vende y qué se puede comprar. Es una parte casi inevitable de los viajes. Algo nos tenemos que llevar. Para nosotros y también para los que se quedaron. Algo hay que comprar.

Pero los souvenirs no logran captar la esencia de los lugares. Por el contrario, suelen ser una mala versión de los atractivos del lugar. Pero si nos dejamos llevar por la emoción del disfrute, compramos muchas de esas piezas que después, en nuestras casas no sabemos dónde poner.


Y no hablo de horribles lechuzas de caracoles o termómetros ambientales que predicen tormentas. Estos días que estuve en Brasil, caí en cuenta de que casi no use todas aquellas cosas que me había comprado, años anteriores, durante las vacaciones, llevada por la emoción de la travesía. Hablo de aquellas cosas que son muy del lugar. Esos vestidos tejidos, esas pollerita de volados, esos pareos o mallas muy Brasil. Tasa de uso: apenas unos días en verano, ese mismo verano en que las compre.

Saber que no voy a comprar nada de todo eso me hace sentir muy liberada. Si pudiera comprarlas, creo que tampoco las compraría, ahora que soy más consciente que nunca de la inutilidad específica  de cualquier tipo de souvenir.

Puede sonar a lugar común. Pero mejor es llevarse experiencias, paseos, charlas. Llenarse las retinas de esos paisajes y esos buenos momentos a los que vamos a recurrir mentalmente durante el año cuando querramos encontrar dentro nuestro una imagen que nos transmita paz.